Felisa entró con pasos lentos y pausados. Encendió una veladora, se persignó con respeto ante el altar familiar y se quedó un momento en silencio.
Bajó la mirada hacia la joven que estaba arrodillada en el suelo, y su voz sonó completamente indiferente.
—Bianca, desde que éramos niñas te la has pasado compitiendo conmigo, y jamás has logrado ganarme en nada. Han pasado tantos años, ¿y todavía no has aprendido la lección?
—¡Eso es solo porque tienes suerte!
—¿De verdad crees eso?
Bianca la miró con los ojos inyectados en sangre. —¡Por supuesto que sí!
—Vaya manera de consolarte a ti misma —Felisa dejó escapar una risita—. Digamos que tu plan hubiera funcionado. ¿De verdad crees que sin tener una base emocional con él, y solo dependiendo de usar tu cuerpo como mercancía, podrías haberte asegurado un lugar en la familia Hernández y sentarte en el trono como la señora de la casa?
—¿Qué estás tratando de decir?
—¡Si fuera tan fácil como tú te imaginas, ya habría miles de mujeres que, usando esas tácticas vulgares, habrían llegado a la cima! —Felisa se inclinó hasta quedar a la altura de sus ojos—. Dime algo, ¿crees que no ha habido mujeres así... o crees que la familia Hernández simplemente se encargó de hacerlas desaparecer antes de que abrieran la boca?
El corazón de Bianca dio un vuelco.
Sabía que no era tan astuta como Felisa, pero tampoco era estúpida.
Con el poder y la influencia aplastante de los Hernández, incluso si hubiera logrado meterse en su cama, tenían mil maneras de destruirla y obligarla a guardar silencio.
Pero simplemente no soportaba ver a Felisa mirándola desde arriba, dándole lecciones de moral.
—¿Viniste hasta acá solo para refregarme en la cara que eres la única a la que los Hernández aprueban?
—Es la simple realidad. Qué culpa tengo yo de haberle salvado la vida a Don Arturo en el momento justo.
Felisa se dio la vuelta y, justo al llegar a la puerta, lanzó una última frase: —Cuando éramos más jóvenes te dije que te aplicaras en tus estudios, pero preferiste perder el tiempo siendo la niña bien de la casa. ¿Ahora por fin entiendes por qué era importante usar el cerebro?
Al pronunciar esas palabras, un silencio sepulcral invadió la sala, seguido de un estallido de murmullos nerviosos.
Los ojos de Alfonso se oscurecieron y su voz sonó gélida. —Toda inversión conlleva un riesgo. Una fluctuación de cien millones es algo que el corporativo aún puede asimilar.
—¿Asimilarlo quién? ¿Usted? —Facundo soltó una carcajada burlona—. Toda la empresa sabe que esa inversión ni siquiera la evaluó usted. ¡Fue su secretaria personal quien tomó las decisiones a sus espaldas! ¿Qué se cree que es esta corporación, su patio de juegos?
Uno de los directores más veteranos tomó la palabra con voz grave: —Señor Lozano, todos somos hombres de negocios aquí, no hay necesidad de andarnos con rodeos. Hace poco, el escándalo de su infidelidad en plena boda fue la comidilla de toda Santa Fe. Nuestras acciones se fueron a pique y todavía no se recuperan. Y ahora, sumándole esta catástrofe financiera, dudamos seriamente que usted tenga la capacidad de seguir ocupando esa silla.
Otro ejecutivo intervino de inmediato: —Si no puede arreglar los asuntos de su propia casa, ¿cómo pretende liderarnos a todos? Ha demostrado que no tiene la más mínima ética ni respeto por su compromiso matrimonial. ¡Su vida privada es un completo desastre, su integridad moral es nula y está hundiendo la reputación de esta compañía junto con usted!
El rostro de Alfonso se tornó lívido. Sus ojos brillantes, cargados de una furia asesina, recorrieron a todos los presentes.
Esos mismos accionistas que habían construido el imperio hombro a hombro con él, ahora lo estaban traicionando y arrojando a los lobos en su peor momento.
—Desde que fundé esta compañía, he estado al mando y he generado ganancias que superan con creces esos miserables cien millones —Alfonso enderezó la espalda, negándose a ceder terreno—. ¿Me van a clavar un puñal en la espalda y destruirme por un solo error de cálculo?

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