Tras colgar, alzó la mirada hacia ella, arqueando una de sus pobladas cejas.
—Tu amiga es astuta. Supo dónde esconderse y se salvó.
El peso que oprimía el pecho de Felisa por fin desapareció. Saltó del sofá de inmediato. —Entonces iré a su casa a esperarla.
Apenas pasó por el lado del hombre, una mano grande le agarró la muñeca y la jaló hacia un abrazo firme y reconfortante.
Un brazo fuerte rodeó su cintura con posesividad.
—¿Quién dijo que iba a volver a casa?
Felisa se detuvo. —¿Qué quieres decir?
—Ella les vio las caras. ¿De verdad crees que su casa es un lugar seguro ahora? —declaró Yahir, como si fuera lo más obvio del mundo.
El corazón de Felisa dio un vuelco y el pánico regresó. —Entonces... ¿qué hacemos?
—Ya le dije a Pablo que la recoja y la lleve directamente a la comisaría para que rinda su declaración.
—La única forma de que esté a salvo es colaborando con la policía para desmantelar a esos criminales.
Yahir bajó la mirada hacia la mujer en sus brazos, que seguía tensa. Al ver su palma vendada, su voz adoptó un tono más profundo.
—Si vas para allá, solo serás un estorbo.
¡Incluso estorbar era mejor que no hacer nada!
Felisa intentó liberarse, pero él la apretó con más fuerza.
—Suéltame —murmuró.
Yahir, lejos de ceder, se inclinó un poco más. Su cálido aliento le rozó la oreja.
—¿Por qué tanta prisa? ¿Tienes miedo de que te coma?
—¡Nadie te tiene miedo! ¡Solo me irritas!
—Ja. Cuando me suplicabas que te ayudara a buscarla, eras un encanto.
¡Esta mujer solo lo usaba cuando le convenía!

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