¡Maldita Bianca!
¿Acaso se había vuelto loca?
Se lo había advertido con toda claridad, pero sus palabras le habían entrado por un oído y salido por el otro.
Felisa llamó a Xavier Arana y le informó de la urgencia.
Consciente de la gravedad del asunto, Xavier asintió y se dirigió a la oficina de la presidencia para poner al tanto a Ricardo Valenzuela.
—¡Qué insolencia! —exclamó Ricardo. Su rostro se desfiguró por la ira y un dolor agudo le atravesó el pecho. Le ordenó a Xavier que localizara a Bianca mientras él mismo marcaba su número.
La llamada conectó.
—¿Papá? Estoy ocupada, cualquier cosa la hablamos cuando vuelva a la empresa —respondió Bianca de inmediato.
En ese momento, ya había llegado a la villa de Quintín Valerio en las afueras de la ciudad.
—¡Bianca Valenzuela, te has lucido! ¡Robar llaves, irrumpir en una oficina, falsificar una firma y usar el sello de la empresa! ¿Eres consciente de que estás cometiendo un delito?
—¿Así es como te he criado? ¡No puedo creer que alguien tan estúpida y atrevida haya salido de la familia Valenzuela!
Las reprimendas de su padre la dejaron pálida. Se mordió el labio y replicó:
—¡Papá, no tienes derecho a gritarme así! ¡Siempre la has preferido a ella! Apoyas todo lo que hace Felisa, y a mí, por más que me esfuerce, nunca me dedicas ni un solo cumplido.
—Seguro que Felisa ya te fue con el chisme, ¿verdad? ¡Tiene miedo de que triunfe, de que lo haga mejor que ella y le quite el puesto en la empresa!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA