El rostro de Ricardo reflejaba una furia incontenible.
—¡De tal palo, tal astilla! ¡Son un par de imbéciles!
Mientras tanto, Bianca miraba la notificación de transferencia en su celular y una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Señor Valerio, el dinero ya ha sido depositado. ¿Podemos cerrar el trato ahora?
—Señorita Bianca, debo admitir que tiene recursos. —Quintín le hizo una seña a su subordinado, quien de inmediato colocó una computadora portátil frente a ella.
Bianca inició sesión en su cuenta y comenzó a operar.
Justo cuando su dedo estaba a milímetros de confirmar la transferencia, la voz de Ricardo retumbó desde la puerta, cargada de ira.
—¡Bianca Valenzuela, si haces esa transferencia, olvídate de que soy tu padre!
Al escuchar eso, Bianca se paralizó al instante. Giró la cabeza lentamente y, al ver quién acababa de entrar, sus pupilas se dilataron por la sorpresa.
—Papá, ¿qué haces aquí...?
—¡Si no viniera, terminarías pagando un precio altísimo por tu estupidez!
Xavier se adelantó y le rogó apresuradamente:
—Señorita Bianca, por favor, no se deje engañar. Esa mercancía no tiene los papeles en regla, su procedencia es dudosa y no cumple con las normativas. Si la compra, sus fondos no estarán protegidos y podría enfrentar serios problemas legales.
Bianca estuvo a punto de replicar, pero cuando vio a Felisa detrás de él, su expresión se volvió gélida.
—¡Felisa! ¡Así que tú estás detrás de todo esto! Sabía que no podías soportar verme triunfar.
—¡No me importa lo que digan, voy a comprar este lote!
Movida por la terquedad, llevó el dedo de nuevo hacia el botón de confirmación.
—¡Deténganla! —gritó Ricardo, pálido y con voz grave.
Xavier, que era el más cercano, actuó con rapidez y le arrebató la computadora de las manos de un golpe.
¿Era solo porque Felisa era hija de la mujer que él amó?
Ricardo la miró, frustrado por su ceguera. A estas alturas, ella seguía peleando por su atención sin darse cuenta de las verdaderas intenciones de Quintín.
¡Ese viejo zorro manipulador solo estaba echando sal a la herida para ponerlos en contra!
—¡Sí! No solo eres estúpida, eres un caso perdido —estalló Ricardo, consumido por la rabia.
Bianca soltó una risa amarga y susurró con la voz rota:
—Lo sabía... por fin lo admites...
Finalmente, había dicho lo que siempre pensó de ella.
Esa revelación hizo que una determinación kamikaze brillara en sus ojos.
—Señor Valerio, este negocio es entre usted y yo. ¡Le ruego que eche a estas personas de mi vista!

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