Pero los presentes solo miraban aterrados, y ninguno se atrevió a dar un paso al frente ni a emitir un sonido.
Todos bajaron la cabeza, fingiendo no ver nada por miedo a meterse en problemas. Entre menos se involucraran, mejor.
En aquel inmenso bar repleto de gente, no hubo una sola persona dispuesta a tenderle una mano.
En un instante, los ojos de Bianca se llenaron de la más profunda desesperación.
—¡Quiero ver quién es el valiente que se atreve a ayudarla! ¡El que lo haga, se las verá conmigo!
Quintín lanzó una mirada fulminante a la multitud, que guardaba un silencio sepulcral, y soltó una carcajada cargada de amenaza.
—¿Qué están mirando idiotas? ¡Llévensela!
—No...
Bianca pataleaba y forcejeaba, pero justo cuando sentía que todo estaba perdido, vio a Felisa abriéndose paso entre la multitud.
En sus ojos apagados se encendió un tenue destello de esperanza.
—¡Felisa, ayúdame!
La multitud se hizo a un lado, y Felisa se plantó frente a ellos.
Al ver el estado lamentable de Bianca, frunció el ceño imperceptiblemente. La joven tenía el rostro pálido, las mejillas hinchadas y rojas, y sangre fresca en la comisura de los labios. Su cabello era un desastre, y parecía estar al borde del colapso. En sus ojos solo había terror y desesperación; no quedaba rastro de la chica orgullosa que solía ser.
Sabía que estaría mal, ¡pero no imaginó que estuviera tan mal!
—No has vuelto a casa estos días, ¿has estado todo este tiempo con este sujeto?
—Felisa, él me encerró. Me obligó a transferirle dinero, y como me negué, no me dejó ir... Snif, snif... Sé que me equivoqué, nunca debí haber confiado en él...
Bianca lloraba desconsolada, con la voz quebrada por el arrepentimiento y la impotencia.
¡Era evidente que esta vez estaba realmente arrepentida!
La mirada de Felisa se endureció y se clavó en Quintín con gélida intensidad.
—Señor Valerio, tiene mucha audacia. Secuestrarla, golpearla y obligarla a firmar documentos... ¿De verdad cree que la familia Valenzuela es presa fácil?
—Quintín Valerio, a tu edad, abusar así de unas mujeres... ¿no crees que se te está yendo la mano?
Un hombre de pasos firmes se abrió paso. Su figura era imponente como una montaña, y a su alrededor irradiaba un aura de autoridad absoluta que helaba la sangre.
Con solo pararse ahí, la presión en el ambiente se desplomó. El ruido se extinguió, y todos quedaron paralizados por esa presencia aplastante, sin atreverse a respirar.
Al reconocer quién era, el corazón de Quintín dio un vuelco. Se apresuró a acercarse con una actitud servil.
—Señor Hernández, mis disculpas por este lamentable espectáculo. Esta mujer quiso hacer negocios conmigo, pero no tiene palabra y encima es una malagradecida. Solo estaba intentando hacerla razonar.
Yahir esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Quintín Valerio, uno puede comer de todo, pero no se puede decir cualquier estupidez.
—¡Se lo juro! Señor Hernández, por favor, no se deje engañar solo porque son mujeres. No merecen su compasión.
—¿Ah, sí? —Los ojos oscuros de Yahir se clavaron en él, destilando un frío sepulcral—. Cuéntame, ¿cómo es que no tienen palabra?

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