“Vanessa, si hace apenas unos días Elena quería que fueras la imagen de Vitti, ¿por qué cambió de opinión tan de repente?”, preguntó Sandra Fuentes. “¿Quieres que le pidamos ayuda al señor Casal?”.
Vanessa frunció el ceño, pensativa. “¿Y dónde lo encuentro? Anoche ya estaba de mal humor, ¿quieres que vaya a buscar problemas y termine haciendo que me odie?”.
Había logrado mantenerse al lado de Ignacio Casal durante dos años precisamente porque sabía leer el ambiente y era más dócil y obediente que las demás.
Sandra no se atrevió a dar más sugerencias.
“Mientras no anuncien oficialmente a la embajadora, ¡todavía tengo una oportunidad!”, dijo Vanessa, curvando los labios en una sonrisa fría. “Volveremos cuando Elena esté menos ocupada”.
...
Desde que lo echaron de Vento Corp, Alfonso Lozano se la pasaba encerrado en su casa de Bahía Mansa, ahogándose en alcohol.
Cuando despertaba de su borrachera, solo encontraba una casa fría y vacía.
Ya no había nadie que le cocinara cosas reconfortantes, ni que le pidiera con ternura que bebiera menos. Por su mente pasaban todos los recuerdos de su vida junto a Felisa, provocándole un dolor agudo y desgarrador en el pecho.
Nunca imaginó que cometer un solo error le costaría perderla para siempre.
Y eso que ella le había jurado que lo amaría eternamente y que, mientras él no se rindiera, nunca lo dejaría.
Qué cruel había sido.
Se fue sin mirar atrás.
Él, en su arrogancia, creyó que Felisa no podría vivir sin él.
Pero la realidad le estaba demostrando que era él quien no podía seguir respirando sin ella.
Ahora entendía lo que se sentía estar solo en una casa inmensa, esperando a alguien que no iba a llegar.
En el pasado, cuando él salía a sus cenas de negocios o se revolcaba con Isabella Quintana, Felisa lo esperaba sola, llena de soledad y decepción.
Y él, con su estúpida confianza, daba su presencia por sentada.
En ese momento, su celular vibró. Era un mensaje del investigador privado con unas fotos.
Lo que vio fue una puñalada directa al corazón.
Felisa aparecía acurrucada dulcemente junto a un hombre. Estaban tomados de la mano, besándose apasionadamente... Y Dios sabía qué otras cosas más íntimas estarían haciendo en privado.
Al verla, los ojos opacos de Alfonso se iluminaron y fue directo hacia ella.
Sus facciones seguían siendo atractivas, pero tenía la barba crecida, unas ojeras oscuras y profundas, y emanaba un aire de total decadencia.
“Felisa...”
Le ofreció las flores. “Ya corté todo de raíz con Isabella. Ella te lastimó y pasará el resto de sus días en la cárcel. Tú... ¿puedes perdonarme?”.
El significado de las diecinueve rosas amarillas era claro: un ruego de perdón y el deseo de un amor duradero.
Felisa lo miró con sarcasmo. Tomó el ramo y, bajo la mirada llena de esperanza de Alfonso, lo arrojó sin piedad al bote de basura más cercano.
El rostro de Alfonso se paralizó.
“Un arrepentimiento tardío no vale absolutamente nada. ¿Por qué crees que te perdonaría? Alfonso, lo nuestro se terminó”.
Ella ya había empezado una nueva vida y él seguía con la ingenua ilusión de que tenían remedio.
¡Qué ridiculez!

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