“¿Qué tal estuvo todo?”, preguntó Nancy con una sonrisa.
“Delicioso”, respondió Felisa, devolviéndole la sonrisa. “Todo tenía un sabor muy auténtico, y la carne de primera estaba súper jugosa”.
“Vengan más seguido”. Nancy les tendió una bolsa bonita. “Es un vino de mango que hago yo misma. Es un regalo de la casa para desearles mucho amor y que duren para siempre”.
“Muchas gracias”.
Mientras conducían hacia el centro de la ciudad, Yahir comentó como si nada: “¿Vamos a mi casa esta noche?”.
La indirecta no podía ser más clara.
Felisa se recargó en el asiento del copiloto, dudó un segundo y asintió.
“Ya empaqué mis cosas”.
“Mañana mandaré a alguien a que las mude”.
Al entrar a la sala, Felisa dejó su bolso y su chaqueta en el brazo del sillón.
“Vi que casi no comiste nada. ¿Quieres que te prepare algo ligero, como una pasta?”.
Yahir alzó una ceja, y una leve sonrisa iluminó sus ojos.
“Me parece bien. Gracias”.
Felisa abrió el refrigerador y solo encontró un paquete de pasta, un par de huevos y una lata de carne.
Entró a la cocina, se puso un delantal y empezó a preparar la comida.
La luz caía sobre ella, dándole un toque cálido. Se movía con naturalidad y destreza.
Yahir, sentado en el sofá, observaba en silencio la frágil silueta de la chica que cocinaba para él.
La luz amarilla creaba un ambiente íntimo y acogedor, transmitiendo una paz increíble.
En poco tiempo, Felisa terminó de cocinar y sirvió la comida en un tazón blanco. El vapor subía suavemente.
Miró al hombre que estaba en el sofá y le dijo con voz dulce:
“Señor Hernández, la cena está lista. Venga a comer”.
Yahir se levantó y se sentó a la mesa.
“No había muchas cosas, pero pruebe, a ver si le gusta”.
Apenas hace un mes vivían juntos, planeando su boda.
Y todo eso lo destruyó él mismo con su propia arrogancia.
¡Se negaba a creer que en solo un mes Felisa se hubiera enamorado de otro tipo!
Así que no se iba a rendir. En cuanto Felisa viera que sus intenciones eran genuinas, lo perdonaría.
No le importaba si ella salía con otro hombre o si hacían cosas de parejas... Él podía soportarlo.
Esperaría a que terminaran para aceptarla de vuelta y empezar desde cero.
De repente, el estridente sonido de su teléfono lo hizo saltar.
Alfonso vio de quién era la llamada y contestó. “¿Qué pasa?”.
“Señor Lozano, el proyecto que usted lideraba fue suspendido porque los inversionistas principales retiraron su capital. Esta tarde, la junta directiva aprobó una resolución de emergencia para realizar un aumento de capital y traer a nuevos socios”.
Él ni siquiera estaba enterado.
Facundo Ruiz estaba intentando licuar sus acciones a la fuerza.

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