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ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA romance Capítulo 18

Se acercó hasta ella, se arrodilló a medias y, sin decir una sola palabra, se quitó el elegante abrigo negro que llevaba puesto para envolver su cuerpo tembloroso con sumo cuidado.

La gruesa tela cubrió por completo su figura encogida, ocultando su vulnerabilidad y protegiéndola del frío.

Con un movimiento firme pero delicado, deslizó una mano bajo su nuca débil y la levantó en brazos.

El calor de su piel traspasó la delgada ropa de Felisa, quemándola con un estremecimiento.

—No tengas miedo, te sacaré de aquí.

Su voz profunda, cargada de una seguridad inquebrantable, la hizo sentir a salvo. Acomodándola contra su pecho, dio media vuelta para salir de aquel desastre.

Al cruzar la puerta, Yahir Hernández bajó la mirada para verla un segundo antes de clavar sus ojos de hielo en los hombres que se retorcían en el suelo. Sus labios se movieron apenas para escupir una orden que cortó el aire.

—Interróguenlos bien.

Pablo Quiroga, el jefe de seguridad, hizo una ligera reverencia.

—Pierda cuidado, jefe. Le aseguro que escupirán hasta el último detalle.

El sistema de calefacción del auto mezclado con el poderoso efecto de la droga hizo que Felisa sintiera que hervía por dentro.

—Qué calor... tengo tanto calor...

Su mente flotaba en el aire; su único ancla a la realidad era el fresco aroma masculino que emanaba de él.

Levantó la mano y se aferró al cuello de la camisa de Yahir. Sus dedos ardiendo rozaron su manzana de Adán mientras hundía el rostro en su cuello sin poder controlarse. Sus labios chocaban contra la mandíbula del hombre, soltando jadeos entrecortados.

Yahir se tensó de pies a cabeza. Un mar de emociones oscuras se arremolinó en sus ojos. Apretó los brazos alrededor de ella y murmuró con la voz ronca por el esfuerzo:

—Resiste un poco más. Casi llegamos al hospital.

Pero ella ya no entendía razones. Levantó su rostro empapado en sudor y rubor; sus ojos nublados se clavaron en él. Pasó sus brazos alrededor de su cuello y se impulsó para besarlo desesperadamente.

En cuanto sus labios se tocaron, la suavidad ardiente y sus jadeos dulces lo invadieron todo. Con torpeza pero muchísima urgencia, ella intentó profundizar el beso.

Al ver que no lo lograba, frustrada, le mordió el labio.

La manzana de Adán de Yahir subió y bajó de golpe. Su racionalidad estaba a punto de hacerse pedazos ante semejante tentación. Un brillo de deseo invadió sus oscuros ojos, y tomando el control absoluto, separó los labios de ella para devorarla sin piedad.

Una breve confusión cruzó por la mirada de Felisa antes de que la ola de calor volviera a arrastrarla a un abismo de puro instinto.

—Te... necesito...

Antes de que pudiera pronunciar una sílaba más, los besos cayeron sobre ella como una tormenta.

—Jefe, ya llegamos al hotel —anunció la voz del chofer desde el frente.

El auto se detuvo. Yahir la cargó en brazos y entró directo al ascensor privado.

La mujer, tan suave que parecía no tener huesos, se colgó de su cuello exigiéndole más besos.

—¡Ah! —soltó él, con una risa profunda y ronca.

Bajó la cabeza y la besó con una intensidad que los fundió a los dos, incapaces de separarse.

Salieron del elevador y, con voz enronquecida, le pidió que pasara la tarjeta por la puerta. Desde la sala hasta la habitación, la ropa fue cayendo formando un rastro en el suelo. Y como si fuera un regalo envuelto con delicadeza, la desnudó por completo.

La noche fue eterna; una habitación llena de pasión donde los dos se entregaron sin medida.

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