Julián Serna sonrió con cortesía y propuso:
—Enzo, sé que no te gustan los tumultos. ¿Qué te parece si vamos a la sala de descanso en el segundo piso para conversar?
—Me parece perfecto.
Los cuatro se dirigieron a la sala de descanso.
La sala tenía una decoración rústica y antigua. Había una mesa de madera tallada equipada con elegantes juegos para preparar bebidas calientes, y por la ventana se veía la sombra de los pinos balanceándose con el viento, acompañada por una tenue fragancia natural en el aire. Era un rincón sumamente pacífico.
Rodrigo Vega le indicó a Catalina García:
—Prima, prepara un poco de café. Quiero ver si tus habilidades han mejorado en todo este tiempo.
Catalina aceptó de inmediato. Estaba ansiosa por lucirse frente a Yahir Hernández. Su madre solía decirle que su destreza en la preparación de café rivalizaba con la de cualquier barista experto.
Felisa se sentó en silencio en uno de los sofás, con el ceño fruncido todo el tiempo. Su primer impulso había sido desenmascarar a Cristián Quezada frente a todos, pero al ver a la anciana aparentemente sana, comprendió que, sin pruebas contundentes, sus palabras caerían en saco roto.
A menos que... Levantó la mirada hacia el hombre que estaba a su lado, se acercó a él y le susurró:
—Enzo, ¿puedes pedirle a Julián que me entregue una de esas medicinas que dejó ese curandero? Quiero enviarla a un laboratorio especializado.
Yahir arqueó una ceja y, con un dejo de diversión en sus ojos profundos, murmuró:
—Acuérdate de llamarme así la próxima vez.
Nada mal, al menos hoy no lo había llamado "Sr. Hernández".
Felisa se quedó sin palabras. ¡Con la gravedad del asunto, él todavía tenía ganas de bromear!
—¡Te estoy hablando en serio, alguien podría morir!
Yahir tomó su suave mano y empezó a acariciarla con sutileza.
—Solo las Agujas del Dragón pueden salvarle la vida a la anciana. Nosotros no dominamos esa técnica, así que tendremos que dejar su destino en manos de Dios.
Rodrigo encendió un cigarrillo y concordó por completo:
—Catalina, sírvenos otra vez —le exigió Rodrigo, dedicándole una mirada de advertencia a su prima, que no hacía el menor esfuerzo por ocultar sus sentimientos.
Nadie conocía el carácter de Enzo mejor que él. Sabía que protegía con fiereza a los suyos, especialmente cuando se trataba de Felisa, de quien llevaba enamorado muchísimo tiempo.
¡Si había traído a Catalina a la reunión era precisamente para que se diera cuenta de la realidad y se alejara de una buena vez!
Catalina volvió a servir otra taza y la colocó frente a Yahir.
—El aroma es suave y el sabor es sutil, el tostado y el agua fueron usados de forma correcta —evaluó Yahir ante la mirada expectante de la chica, dándole su opinión honesta. Sin embargo, su tono cambió abruptamente—. No obstante, en comparación con el que hace Felisa, aún le falta algo de magia y esencia. Si practicas más, tal vez lo logres.
La sonrisa de triunfo de Catalina se borró de su rostro en cuestión de segundos, reemplazada por una mueca de total incredulidad.
¡¿Cómo se atrevía a compararla con otra mujer?! ¡Ella había aprendido de verdaderos maestros baristas!
Al ver la escena, Rodrigo bromeó a propósito:
—¿Será que la señorita Valenzuela es una experta barista, o es que la persona que te lo prepara es más de tu agrado?

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