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ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA romance Capítulo 20

La voz de Alfonso denotaba alegría pura.

Durante todo el trayecto hacia el hotel, él no soltó su mano ni un solo segundo.

Notó que hoy Felisa estaba extrañamente callada. No había pronunciado una sola palabra desde que salieron de la casa.

Jamás la había visto tan silenciosa, pero lo atribuyó a los nervios propios de la boda.

El salón del hotel estaba a reventar. Los invitados murmuraban y reían, creando un ambiente festivo y ruidoso.

Felisa, vestida con ropa sencilla y con una gorra ocultando parte de su rostro, estaba mezclada entre la multitud.

Observó con total indiferencia cómo Alfonso, llevando de la mano a la novia con el rostro cubierto, caminaba a paso lento por la alfombra roja hasta llegar al centro del altar.

El maestro de ceremonias tomó el micrófono y habló con una gran sonrisa:

—¡Y ahora, invito al novio a levantar el velo de su amada para darle la bienvenida a su felicidad eterna!

Alfonso, con los ojos desbordando ternura, levantó con delicadeza la gruesa tela que ocultaba su rostro.

Al ver quién estaba debajo del velo, su sonrisa se congeló al instante.

—¿Qué haces tú aquí? ¡¿Dónde está Felisa?!

Un aura gélida emanó de él mientras la fulminaba con la mirada, exigiéndole una respuesta.

El salón entero enmudeció.

En cuestión de segundos, los murmullos estallaron como un polvorín.

—¿Esa no es la asistente Quintana? Hoy es la boda del señor Lozano y Felisa, ¿por qué diablos trae puesto un vestido de novia?

—Siempre supe que esa mujer tenía otras intenciones con él, ¡pero no pensé que fuera tan atrevida!

—Todo el mundo sabe que Felisa lo apoyó cuando él no tenía un centavo. Es la niña de sus ojos. Hacer este espectáculo hoy es una completa locura.

Isabella se puso pálida, pero intentó mantener la compostura. —Alfonso... Felisa me dijo que nos daba su bendición...

—¡Imposible!

Las pupilas de Alfonso se encogieron de golpe. La agarró del brazo con una fuerza brutal. —¡¿Qué le dijiste a ella?!

Anoche, Felisa le había asegurado que lo esperaría para casarse. Si esta mujer no hubiera abierto la boca, Felisa jamás habría faltado a su propia boda.

—¡Te lo juro! Ella dijo que no podía satisfacerte, que sentía mucha culpa y creía no merecerte... por eso nos cedió su lugar.

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