En cuanto comprobó que no presentaba ninguno de los síntomas que ella había mencionado, Felisa Valenzuela miró a Fernando Calderón.
—Señor Calderón, puedo intentarlo, pero por el momento no podré curarlo.
Como dice el dicho, hasta la mejor cocinera necesita ingredientes.
En este viaje a Puerto Real, no había traído consigo las Agujas del Dragón.
Una sesión de acupuntura común solo aliviaría los síntomas sin atacar la raíz del problema, y sus efectos serían demasiado lentos. No valía la pena el esfuerzo.
Si realmente fuera tan fácil de sanar, don Francisco no habría estado paralizado hasta el día de hoy.
La mirada de Fernando se oscureció. —Señorita Valenzuela, ¿acaso la condición de mi abuelo no tiene cura con la medicina actual?
—Me malinterpreta, señor Calderón. Las agujas comunes no surtirán efecto en don Francisco. Necesito combinarlas con unas agujas especiales, y tal vez con ellas haya un cincuenta por ciento de probabilidades.
—¿Cincuenta por ciento?
—Así es, no puedo garantizarle una recuperación total.
Saber que había la mitad de posibilidades era, para Fernando, la mejor noticia que había escuchado en años.
Aquellos supuestos expertos, al evaluar el caso de su abuelo, solo habían sacudido la cabeza, declarándose incompetentes.
—Señorita Valenzuela, ¿dónde están esas agujas especiales? Prepararé mi avión ahora mismo y la acompañaré a buscarlas.
—...
Yahir Hernández intervino. —Fernando, ahora mismo hay personas tratándolo. ¿Por qué no dejamos que lo intenten, y si fallan, dejamos que Felisa pruebe?
Pero teniendo una mejor opción frente a él, Fernando jamás dejaría que unos curanderos charlatanes experimentaran con su abuelo.
—No confío en ellos —suspiró Fernando con pesadez—. Antes había escuchado que doña Serna fue curada por esa familia de tradición médica y por desesperación casi cometo un error. Por suerte, tú y la señorita Valenzuela están aquí, de lo contrario, seguramente me habrían visto la cara de imbécil.
¡Qué tontería de familia de tradición médica, eran una burla!
Pensar que un hombre como él, Fernando Calderón, casi cae en una trampa tan absurda.
Felisa comentó en voz baja: —Señor Calderón, la verdad es que la señorita Martina sí sabe de medicina, solo que le falta experiencia. Puede que sea hábil con enfermedades comunes, pero un caso neurológico tan complejo como el de don Francisco, seguramente la sobrepasará.
—Entonces, ¿cree que deba dejar que mi abuelo corra ese riesgo?

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