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ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA romance Capítulo 218

No había ni una sola foto de ella, mucho menos un retrato.

Probablemente mi papá temía que Lorena se sintiera incómoda al verlo...

Felisa sacó despacio un collar de su pecho. El dije tenía forma de corazón, con un círculo exterior completamente incrustado de pequeñas piedras preciosas que emitían un brillo suave bajo la luz. A simple vista, por su diseño clásico, la técnica antigua de engaste y la textura única de los diamantes tallados a la antigua, se notaba que era una joya antigua de gran valor.

—Esto es lo único que me dejó mi madre.

Cuando era niña, solía ver a su padre acariciando ese collar mientras se quedaba perdido en sus pensamientos. En su décimo cumpleaños, él decidió regalárselo.

¡Ya llevaba trece años usándolo!

Yahir fijó la vista en el collar y frunció ligeramente el ceño. Le resultaba extrañamente familiar, como si lo hubiera visto en algún lugar.

Sin embargo, por el momento no lograba recordar dónde.

Pero considerando que se trataba de una pieza de antigüedad, rastrear su origen no debía ser tan complicado.

Esperó a que ella se quedara profundamente dormida para tomarle una foto y enviársela a Pablo Quiroga.

«Investiga este collar, pero hazlo con extrema discreción, no quiero problemas.»

Al día siguiente, regresaron a la Mansión Calderón para el último día del primer ciclo de acupuntura.

¡Era un momento decisivo!

Si las piernas de don Francisco seguían sin mostrar ninguna reacción, significaría que ella tampoco podía hacer nada para curarlo.

Apenas entraron a la sala de estar, vieron a Fernando sentado en el sofá junto a una chica.

La joven vestía con sencillez: una camiseta blanca, un abrigo color beige, pantalones ajustados oscuros y tenis. Tenía facciones finas, una tez luminosa y de porcelana, un rostro dulce que recordaba al de una muñeca y ojos grandes, claros y muy expresivos.

No parecía tener más de veintipocos años.

—Les presento a mi esposa, Bárbara Duarte.

Yahir enarcó una ceja y, al recordar la conversación de ayer con Felisa, no pudo evitar sonreír.

¡Ese tipo sí que sabía aprovechar a la juventud!

—Señora Calderón, un placer.

Las mejillas de Bárbara se tiñeron de un ligero rojo mientras su mirada se posaba en Felisa.

—Usted debe ser la señorita Valenzuela de la que tanto habla el abuelo —se acercó a ella con una sonrisa dulce y cálida—. Muchas gracias por venir a curarlo.

—Es muy amable, señora Calderón.

—Por favor... puede llamarme Bárbara.

Felisa sonrió. —Bárbara.

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