Él había sido un hombre competitivo toda su vida, respetado en la industria. Sin embargo, en su vejez, se veía obligado a acompañar a su nieta a agachar la cabeza y pedir perdón, enfrentándose a las interminables críticas del mundo exterior.
Mateo Valenzuela, de pie a un lado, fruncía el ceño en absoluto silencio.
A estas alturas, una simple disculpa ya no solucionaría nada.
Pero Martina había sacrificado demasiado para entrar en la Asociación de Medicina, y no podía permitir que todas sus esperanzas se desvanecieran. Ella tenía verdadero talento, no era una simple charlatana en busca de fama. Solo había cometido un error.
—Iré a buscar al presidente. Él conoce las habilidades de Martina. ¡No puede darle la espalda sin darle al menos una segunda oportunidad!
...
En una zona de mansiones a las afueras de la ciudad.
Un automóvil negro se detuvo lentamente frente a una casa independiente en la esquina sureste.
—Señorita Adriana, es aquí.
El guardaespaldas, de complexión robusta y alta, dio un paso adelante y le entregó una carpeta.
Adriana Castro la hojeó rápidamente y ordenó con voz tranquila:
—Ve a tocar la puerta. Si resolvemos esto y me transfieren el pago final, esta noche invito yo.
El guardaespaldas golpeó la puerta. Pasó un buen rato sin que hubiera respuesta alguna, y todas las ventanas estaban herméticamente cerradas.
—Señorita, nadie responde.
—Rompe la puerta —dijo Adriana sin mostrar la más mínima emoción.
Ese guardaespaldas, Zaid Zapata, había sido reclutado especialmente por ella en un club de boxeo clandestino. No solo era fuerte y ágil, sino que también era un experto abriendo cerraduras. Con él a su lado, cobrar deudas se había vuelto mucho más sencillo.
Siguiendo la orden, Zaid fue al maletero por sus herramientas y forzó la entrada en cuestión de segundos.
Al abrirse la puerta, un olor extraño y penetrante los golpeó de lleno.
—¿Qué es ese olor?
Adriana se tapó la nariz. Cuanto más avanzaban, más fuerte y asfixiante se volvía.
—Huele a huevos podridos...
—No, es azufre. ¡Un escape de gas!
El rostro de Adriana palideció de golpe, y tiró del brazo de Zaid para salir de inmediato.
—¡Llama a la policía!

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