Alguien intentó acercarse a ayudar, pero Bianca agarró una botella de licor y amenazó con lanzarla.
—¡El que no quiera sangrar, lárguese de aquí!
Al verla completamente fuera de control, los demás le dirigieron a Julián una mirada de lástima y salieron huyendo de la sala.
Julián siempre había creído que, aunque Bianca era caprichosa, al menos era dócil frente a él. No entendía qué mosca le había picado para comportarse como una fiera.
—¡Ya basta!
Desesperado por los golpes, Julián la empujó con fuerza.
—¿Te atreves a golpearme?
La furia de Bianca estalló aún más. Lo agarró del cabello y tiró con violencia; cada vez que él intentaba defenderse, ella le lanzaba una mordida. Aterrado, Julián trataba de esquivarla mientras la llamaba loca.
Media hora después, agotada de tanto golpearlo, se dejó caer en el sofá, mirándolo fijamente mientras jadeaba.
Julián, con el rostro lleno de moretones, la señaló furioso. —Bianca, ¿te mordió un perro rabioso? ¡Qué demonios te pasa!
—¡Hiciste que Galo me bloqueara los permisos y lo incitaste a meterse con mi hermana! ¡Si te mato a golpes, te lo tienes bien merecido!
—¿Qué pruebas tienes de que fui yo? —un destello de culpa cruzó por los ojos de Julián.
—¡Los escuché hablando en la puerta hace un momento!
—¡Lo hice por tu bien! Si Felisa perdía su reputación, la empresa Valenzuela quedaría en tus manos, y tú...
—¡Pudrete! No uses la excusa de que lo hiciste por mí para justificar tus bajezas. Si quiero la empresa, me la ganaré con mi propio esfuerzo, ¡no necesito tus sucias trampas!
Julián hizo una mueca de dolor. —¿No se suponía que la odiabas?
—¡Ese es un asunto entre hermanas, a ti qué te importa!
—Nos vamos a casar en el futuro, tus problemas son los míos.
—¡Sigue soñando! ¡Prefiero meterme de monja antes que casarme con una escoria como tú!
Al llegar a casa, Lorena Silva, que la esperaba en la sala, la tomó del brazo y le preguntó en tono severo:
—¿Qué pasó contigo? ¿Cómo se te ocurre golpear a Julián?
—¡Me tendió una trampa! —respondió Bianca, tomando un sorbo de agua aún furiosa.
—¿De qué hablas?
Al escuchar la historia, Lorena frunció el ceño.
—¿Bueno? ¿Quién habla?
Hubo un instante de silencio antes de escuchar una voz masculina muy familiar.
—Felisa, soy yo.
Al escuchar esa voz nuevamente, Felisa sintió que había pasado toda una vida.
Una extraña amargura la invadió.
Tal vez había dado demasiado en el pasado, y aunque ya no le importaba, su cuerpo recordaba instintivamente el dolor que había sufrido.
Sin decir una palabra, colgó la llamada.
Al otro lado de la línea, al escuchar el tono de colgado, el apuesto rostro de Alfonso Lozano se tensó.
Una sonrisa amarga apareció en sus labios.
Le envió un mensaje de texto.
[Vendí la casa de Bahía Mansa. Estuviste tres años en San Cristóbal por mí, y ahora quiero mudarme a la ciudad donde vives, para estar más cerca de ti. Felisa, todo lo que pasó fue mi culpa, pero no puedo obligarme a dejar de amarte.]

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