Al ver que no regresaba, Adriana salió a buscarla.
La encontró distraída apoyada en la barandilla. La llamó varias veces sin respuesta, hasta que se acercó y le tocó el hombro.
"¿En qué piensas tanto?".
Felisa parpadeó y bajó la mirada. "En nada. ¿Vamos de compras?".
Su ropa de hace tres años ya estaba pasada de moda; era hora de renovar su armario.
Durante los últimos años con Alfonso, para que él no sospechara, casi nunca compraba ropa de marca. Usaba ropa barata; su abrigo más caro apenas superaba las cuatro cifras.
Ahora que habían terminado, ya no tenía de qué preocuparse.
Llevó a Adriana a la tienda de lujo a la que solía ir. El gerente la reconoció de inmediato y la llevó con entusiasmo a la sala VIP.
"Señorita Valenzuela, ¡cuánto tiempo sin verla! Acaban de llegar algunas piezas exclusivas que seguro le encantarán".
Felisa sonrió. "Tráemelas todas".
El gerente se apresuró a atenderlas, llevándoles personalmente las ediciones limitadas y los artículos de la nueva temporada para que los vieran y escogieran.
Eligió lo que le gustó y pagó con su tarjeta.
Al salir de la sala VIP, vieron a Bianca entrar con un hombre.
"Gerente, ¿dónde está el bolso de piel de cocodrilo de edición limitada que le pedí que me guardara?".
Al levantar la vista y ver a Felisa, frunció el ceño de inmediato.
"¡Qué haces tú aquí!".
Felisa la miró con indiferencia y se dirigió al gerente: "Por favor, pida que envíen mis compras a mi antigua dirección".
"Por supuesto".
El dinero era suyo, y tenía la libertad de gastarlo en lo que quisiera.
"Nunca me imaginé que tu hermanita resultara ser una perrita faldera".
Al salir de la tienda, Adriana suspiró.
Felisa le respondió: "Quien se arrastra, al final se queda sin nada".
Desde la preparatoria, Ricardo les daba la misma mesada a ambas, pero Bianca se lo gastaba todo, y Lorena siempre le pasaba dinero a escondidas. Ella, por su parte, tenía más visión; había invertido en acciones y fondos de inversión. En estos años había ganado bastante dinero, suficiente para mantener sus gastos.
El dinero inicial que le dio a Alfonso para su empresa, de hecho, provino de lo que ella misma ganó en la bolsa.
"Ya averigüé sobre él. El famoso Enzo Hernández es un hombre muy reservado y nadie sabe dónde encontrarlo. Muy pocos lo han visto en persona. Ya le pedí a un contacto en Nueva York que me averigüe más; te aviso apenas sepa algo".
Felisa no sabía mucho sobre él, solo que tenía un doble doctorado en Ingeniería Financiera y Ciencias de la Computación de la Universidad de Stanford, y que se había graduado con los máximos honores.
El modelo de transacciones que desarrolló mientras estudiaba fue comprado por millones por un banco de inversión de Wall Street. Tras volver y hacerse cargo del Grupo Hernández, en tres años reestructuró la corporación, liderando las divisiones tecnológicas y financieras a nivel mundial, y poseía varias patentes financieras internacionales. Era considerado "un verdadero titán de las finanzas" tanto en Wall Street como en su propio país.

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