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ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA romance Capítulo 3

Llegó a San Cristóbal a altas horas de la madrugada.

Al entrar a casa, Felisa se acurrucó en el sofá, recordando en silencio cada instante de su pasado, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.-

La propiedad en Bahía Mansa fue comprada con el primer gran negocio de Alfonso.

La adquirió hace dos años, un hermoso departamento de ciento veinte metros cuadrados. Los papeles estaban a nombre de Felisa.

Alfonso le dijo que estaba profundamente agradecido de que ella hubiera estado a su lado cuando él no tenía nada, y prometió que, cuando ganara dinero, le daría todo lo mejor del mundo.

Incluso, ignorando sus rechazos, le transfirió la mitad de las acciones de la empresa a su nombre.

Él juró bajo las estrellas que nunca la traicionaría.

Pero el amor es volátil. Terminó engañándola y rompiendo su juramento.

Pasó la noche en vela. Fue hasta que las primeras luces del alba asomaron por la ventana que logró mover su cuerpo entumecido para empezar a empacar.

Reunió todas las cosas de Alfonso y las arrojó al cuarto de servicio.

Cambió las sábanas de la cama y las fundas de las almohadas, borrando cualquier rastro de él antes de caer en un sueño profundo.

No supo cuánto durmió, pero sintió que alguien se acercaba y un aliento cálido rozó su oído.

"Felisa, perdóname. Ayer no debí dejar que mi orgullo hablara por mí. Dije puras estupideces solo para hacerte enojar."

El dulce y empalagoso aroma a perfume de mujer invadió su nariz, provocándole un fuerte rechazo físico. Abrió los ojos de golpe, lo empujó con asco y, al notar la marca rojiza que asomaba en el cuello de su camisa, no pudo contener las arcadas.

Se atrevía a engañarla descaradamente y encima volvía a casa sin limpiarse siquiera las pruebas.

¿Era muy cínico o de verdad creía que ella jamás lo dejaría?

El rostro de Alfonso se tensó por un segundo, pero de inmediato mostró una preocupación fingida. "¿Te sientes mal? ¿Quieres que vayamos a ver al doctor?"

"¡Ugh...!"

Otra ola de náuseas la invadió.

La expresión de Alfonso se oscureció y apretó los labios. "Ya despedí a Isabella Quintana. A partir de hoy, nadie se interpondrá en nuestra relación."

"¿De verdad la pudiste soltar?" Felisa levantó la vista, mirándolo con puro desprecio.

"Era solo una asistente cualquiera, ¿qué me iba a costar dejarla ir?"

Felisa curvó los labios, con los ojos llenos de burla.

...

Por la tarde, contactó a un agente inmobiliario para poner en venta el departamento.

Luego, condujo hasta la empresa.

Durante estos tres años, de vez en cuando le llevaba comida a Alfonso; todos en la oficina la conocían y sabían que estaban a punto de casarse.

Habían pasado tres meses desde su última visita.

Subió en el ascensor sintiéndose como en casa.

El pasillo que conducía a la oficina del presidente estaba cubierto por una gruesa alfombra; sus tacones no hacían ruido al caminar.

Justo cuando posó la mano en la manija de la puerta, un gemido agudo de mujer, mezclado con la respiración entrecortada de un hombre, se escuchó claramente desde el interior.

Los dedos de Felisa se congelaron y toda la sangre huyó de su rostro.

Sus ojos ardían de rabia, pero esta vez, no derramó ni una sola lágrima.

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