Stella obedecía ciegamente todo lo que él decía.
Tal vez Stella no quería entregar a Adriana a la cama de aquel inversionista, pero lo sabía, y aun así no hizo nada para impedirlo; consintió en silencio la atrocidad de su marido.
Si ese día Felisa no hubiera acompañado a su padre al hotel y no hubiera descubierto que Adriana estaba drogada, la vida de una chica de 17 años habría sido destruida para siempre.
Felisa le entregó un vaso de agua fresca con una mirada llena de complejidad.
"Si es tan irracional contigo, ¿por qué sigues yendo a verla?"
"Tal vez por aferrarme al calor del pasado, por añorar esa pizca de amor maternal en el fondo de mi corazón. ¿Sabes? Cada vez que voy a verla, nunca me pregunta si estoy bien; solo se la pasa reclamándome por haber mandado a ese desgraciado a la cárcel, culpándome de haber destruido a su familia y arruinado su felicidad."
Se le quebró la voz, luchando por contener las lágrimas.
"¿Y qué hay de mí? ¿Por qué no piensa en mí? ¿Por qué no piensa en el infierno que habría vivido si se hubieran salido con la suya, en si siquiera habría podido seguir viviendo?"
¿Cómo podía la gente volverse tan egoísta?
Felisa la consoló con el corazón estrujado.
"Come algo, no vale la pena que te desgastes hasta el límite por alguien que no lo merece."
"Sí." Adriana forzó una sonrisa. "Todavía te tengo a ti y a mi tío."
...
Alfonso Lozano había enviado a incontables hombres a buscar en cada rincón de la ciudad, pero no había rastro alguno de Felisa.
En la empresa, las cosas estaban que ardían. La Corporación Draconis parecía tenerlo todo planeado y lo acorralaba sin piedad en cada junta importante, dejándolo agotado y sin margen de maniobra.
Vento Corp, la empresa que él mismo construyó, poco a poco iba perdiendo su poder absoluto de decisión; la presión de estar rodeado de enemigos casi lo aplastaba.
A altas horas de la noche, regresó a su residencia en Bahía Mansa, tambaleándose y apestando a alcohol.
Las luces con sensor de movimiento en el pasillo se encendieron, iluminando la sala vacía y fría, un contraste doloroso con la calidez de sus recuerdos.
Alfonso cerró los ojos y las imágenes del pasado inundaron su mente. Antes, cuando llegaba tarde y borracho de alguna cena de negocios, siempre había una luz cálida encendida en la sala, y Felisa lo esperaba con una bebida reconfortante. Se acurrucaba en sus brazos como una gatita mansa, dejándole un beso suave, y en ese instante, todo el cansancio y la frustración desaparecían con su ternura.
No entendía; ¿cuántos hombres exitosos no tenían algunas aventuras por ahí? Él sentía que ya se había contenido bastante; después de todo, solo tuvo a Isabella Quintana. Si Felisa no lo hubiera rechazado constantemente con tantas excusas para que no la tocara, él no habría cometido la estupidez de buscar a otra para desahogarse.
Tampoco podía esperar que viviera toda su vida como un monje, ¿o sí?
¿De qué se quejaba ella?
Si ella estaba dispuesta a volver, él estaba dispuesto a perdonarle lo de las acciones.
De repente, se escuchó el clic de la cerradura electrónica en la puerta de entrada.
¿Felisa había vuelto?
Alfonso se incorporó de un salto; la borrachera se le pasó de golpe. Sus ojos brillantes se clavaron en la puerta, rebosantes de una esperanza irrefrenable.

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