Al verla mirándolo con esa expresión casi hipnotizada, una sonrisa juguetona se dibujó en los profundos ojos de Yahir. Curvó los labios en un gesto descarado y se inclinó, hablando en un tono bajo que solo ella podía escuchar.
—No te obsesiones conmigo. Solo soy una leyenda.
—...
Felisa tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no poner los ojos en blanco y se limitó a forzar una media sonrisa.
Se acercó un poco más a él y, bajando la voz, decidió soltar la duda que la carcomía por dentro.
—Sr. Hernández, ¿quién eres realmente? ¿Cómo es posible que tengas tanto poder para convencer a Elena con una sola frase?
Yahir respondió con un tono divertido:
—¿Qué pasa? ¿Estás empezando a interesarte en mí?
—Sí.
—Teniendo en cuenta que lo nuestro es solo un romance pasajero, dudo que hayamos llegado a ese nivel de intimidad. —Tamborileó con los dedos sobre el borde de la mesa, mirándola con una sonrisa indescifrable—. A menos que aceptes ser mi esposa... entonces te abriré mi corazón y te lo contaré todo.
Felisa soltó un bufido y apartó la mirada.
—Olvídalo. De repente ya perdí el interés.
Si no quería decírselo, que no lo hiciera. Tampoco le importaba tanto.
Mientras más supiera de él, más se enredaría en su vida.
Era mil veces mejor dejar las cosas tal como estaban. Así, cuando llegara el momento de separarse, el corte sería limpio y sin remordimientos.
El almuerzo terminó de manera bastante agradable. Elena resultó ser una mujer muy elocuente y carismática, y antes de despedirse, intercambiaron números de contacto.
—¿Quieres que te lleve? —preguntó Yahir al salir del restaurante, con una mano en el bolsillo del pantalón.
—No, gracias. Vine en mi auto.
—De acuerdo. Yo llevaré a Elena.
Elena subió al vehículo de Yahir y se despidió agitando la mano desde la ventana.
—Hasta la próxima, Felisa.
—Nos vemos.
Felisa ladeó la cabeza con picardía y se dirigió al hombre en el asiento del conductor con voz suave.
—¡Yahir, conduce con cuidado!
...
Minutos después, en el estacionamiento subterráneo del corporativo Valenzuela.
Felisa estaba girando el volante para aparcar en su lugar designado, cuando un BMW aceleró de la nada y se atravesó bloqueando el espacio de forma agresiva.
—Hermanita, ¿me estabas siguiendo?
Felisa no se alteró. Sin ninguna prisa, maniobró y estacionó su auto en el espacio contiguo. Abrió la puerta, bajó con una elegancia impecable y le lanzó una mirada gélida.
—¿Cuándo vas a curarte de tu paranoia?
Su tono era frío, y la miraba como si estuviera lidiando con una niña pequeña haciendo un berrinche ridículo.
—¿Te atreves a negar que no me estabas siguiendo? —Bianca se bajó de su auto y avanzó hacia ella, desafiante.
—Hermana, entiendo perfectamente que sabes que soy más bonita, más inteligente y muchísimo mejor que tú en el trabajo. Entiendo que sientas que te supero en todo —dijo Felisa con una calma que cortaba como un cuchillo—. Pero no hace falta que proyectes tus inseguridades inventando estupideces sobre mí.
—¡¿Quién dijo que soy insegura?! ¡¿Y quién dijo que soy menos que tú?!
Bianca abrió los ojos como platos, furiosa y escupiendo las palabras.
—¡Deja de creerte el centro del universo, Felisa! ¡Escúchame bien: yo seré quien consiga el contrato exclusivo de representación con Vitti! El señor Valente ya revisó mi propuesta y me prometió que la considerará seriamente. ¡Le voy a demostrar a todos quién de las dos es solo una cara bonita sin cerebro!

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