Aitana bajó la mirada, incómoda, y reviró:
—¿A qué tipo decente se le ocurre venir a espantar gente abajo de un árbol a media noche?
Ireneo soltó una risita desdeñosa.
—No pensé que fueras tan respondona.
Hasta entonces, Aitana le había dado la impresión de ser una chica callada y dócil, un adorno bonito: siempre parada junto a Nazario como si fuera parte del paisaje, esforzándose por caerle bien a los Requena.
Pero en ese momento se veía mucho más viva.
Y eso le despertó todavía más interés.
Aitana sacó tres chabacanos y se los extendió.
—Ándale, ya. Al que le toca ver, le toca.
Era su forma de callarlo: taparle la boca con fruta.
Ireneo los tomó y sonrió.
—¿No se supone que se comparte a la mitad?
—Estos chabacanos son para atender visitas, y el árbol solo da una vez al año. Ni a los Requena les alcanzan.
Aitana volvió a meter la mano al bolsillo y sacó otros tres.
—Ya, ya. Toma, un poco más.
Ireneo miró sus bolsillos abultados.
—¿Con seis crees que me despachas?
Aitana apretó los labios. Con dolor, sacó otros tres.
—Ya estuvo. Me costó un buen cortarlos y tú nomás estás de hablador. No te pases.
Ireneo soltó una risa baja y ya no la molestó.
Caminaron lado a lado por el sendero.
La luz de la luna estaba fresca.
Al pasar junto a una fuente con rocas decorativas, Ireneo la jaló de pronto.
—Shh… camina despacio.
Aitana no entendió. Parpadeó y preguntó en voz baja:
—¿Qué pasó?
Ireneo se acercó a su oído y bajó más la voz; el aliento le hizo cosquillas.
—Detrás de esas rocas hay una pareja dándose vuelo.
Aitana se quedó quieta.
Contuvo la respiración y puso atención, luego negó con la cabeza.
—Yo no escucho nada.
Ireneo le pellizcó la puntita de la oreja.
—¿Traes tapones o qué? ¿Cómo no vas a oír?

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