La brisa fresca de la mañana acariciaba el rostro de Lydia mientras contemplaba el pequeño pueblo desde la ventana de su estudio. Una semana había transcurrido desde su llegada, tiempo suficiente para completar los trámites de inscripción y sumergirse en una rutina que, aunque intensa, le proporcionaba una paz que hacía mucho no experimentaba.
Sus días seguían un ritmo constante y reconfortante. Las mañanas las dedicaba a las clases, absorbiendo cada detalle de las técnicas artísticas que sus profesores compartían con pasión. Las tardes las pasaba al aire libre con sus compañeros, sus dedos manchados de carboncillo mientras capturaban la luz dorada sobre los antiguos edificios de piedra. Las noches eran para el repaso, rodeada de bocetos y libros en la tranquilidad de su pequeño apartamento.
Era una vida sencilla, casi austera comparada con su pasado en Nueva Castilla, pero por primera vez en mucho tiempo, se sentía verdaderamente plena. La adaptación a este nuevo ritmo había sido sorprendentemente natural, como si su alma hubiera estado esperando este cambio.
Sin embargo, la sombra de su pasado seguía presente. Silvia, en una de sus discretas comunicaciones, le había advertido que Dante continuaba su búsqueda incansable. "No te ha olvidado," fueron sus palabras exactas, acompañadas de una clara recomendación de mantener la máxima discreción. El mensaje había intensificado su cautela.
Por esa razón, su tarjeta bancaria mexicana permanecía intacta en el fondo de su cartera. Cada movimiento bancario era un riesgo, una potencial señal que podría revelar su ubicación. Durante esa semana, había dependido exclusivamente de una tarjeta adicional que Fabio le había proporcionado, utilizándola con prudencia para sus necesidades básicas.
Las conversaciones casuales con otros estudiantes le habían revelado que Niza, la próspera ciudad francesa, albergaba numerosas casas de subastas. Esta información había plantado la semilla de una idea en su mente: vender el "Pure Love", el anillo de diamantes que representaba tanto su pasado como su potencial libertad financiera.
Decidió mantener este plan en secreto incluso de Fabio. Con naturalidad estudiada, le comunicó sus planes de visitar Niza con Virginia Romero, otra estudiante, bajo el pretexto de realizar algunos bocetos urbanos. Fabio, confiando en ella como siempre, no cuestionó sus motivos.
…
El viaje en tren de alta velocidad prometía ser breve, apenas una hora desde su tranquilo pueblo hasta la vibrante Niza. La ciudad las recibió con su característica arquitectura europea, calles empedradas y un aire de sofisticada elegancia que contrastaba con la rusticidad de su nuevo hogar.
Virginia, quien conocía la ciudad como la palma de su mano, la guio sin vacilación hacia una casa de subastas de aspecto antiguo pero bien mantenido. El propietario, Eugenio Martínez, resultó ser un compatriota latinoamericano, un detalle que Lydia no pudo evitar notar con cierta ironía.
"Eugenio, te presento a mi amiga. Está interesada en vender un anillo de diamantes," introdujo Virginia con naturalidad.
Los ojos experimentados de Eugenio, un hombre de unos cincuenta años con el porte característico de quien ha pasado décadas en el negocio, brillaron con genuino interés al examinar el "Pure Love". Su reacción fue inmediata y reveladora.
"¡Jovencita, esto es una pieza extraordinaria!" exclamó, mientras sus dedos expertos sostenían el anillo bajo la luz. Con la precisión que solo otorgan años de experiencia, determinó que el diamante superaba los 18 quilates pero no llegaba a los 20. La calidad del corte y la claridad eran excepcionales, dignas de las mejores casas joyeras del mundo.
"El precio base en subasta podría comenzar en cinco millones," comentó, sin apartar la vista de la joya.


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