La semana pasó volando.
El avión privado de Dante aterrizó en Nueva Castilla, donde ya lo esperaba un Maybach negro reluciente. Mientras se acomodaba en el asiento de piel, consultó su Rolex: la hora perfecta para cenar.-
"Gustavo, márcale a Lydia. Vamos a Tavola Dorata."
Su asistente, siempre impecable en su traje oscuro, asintió con esa formalidad que lo caracterizaba.
"Como usted diga, señor."
El tono de llamada resonó en el aire acondicionado del auto. Una, dos, tres veces... solo silencio.
Gustavo frunció el ceño, la preocupación arrugando su frente. "Señor, la señorita Aranda no contesta."
Dante apretó los labios, sus dedos jugando distraídamente con una caja de joyería. Dentro descansaba un collar de diamantes en forma de sol que había encontrado en una subasta en Seattle. Las piedras preciosas destellaban como gotas de luz congelada.
Al verlo, había pensado inmediatamente en Lydia. Ella era así: radiante, cálida, un pequeño sol en su vida ordenada.
Lo del compromiso había sido un error, lo admitía. Debía una disculpa.
Pero este silencio... esta rebeldía... La molestia comenzó a burbujear en su interior. Odiaba cuando Lydia se ponía en este plan, cuando jugaba a la digna. ¿No entendía lo ocupado que estaba? No tenía tiempo para andar tras ella como quinceañero enamorado.
Con un movimiento brusco, cerró la caja.
"A la villa."
"Como ordene, señor."
El auto se deslizó hasta detenerse frente a la mansión. Dante bajó, su rostro una máscara de hielo.
La villa bullía con la actividad usual de la servidumbre, pero solo Josefina permanecía dentro, ocupada en la cocina.
"¿Y Lydia?" preguntó Dante mientras se quitaba el abrigo.
La preocupación ensombreció el rostro maternal de Josefina.
"Ay, señor... La señorita no ha regresado desde aquella vez. Le he marcado mil veces, pero nomás no contesta. Me da pendiente que vaya a hacer una locura..."
De toda la servidumbre, Josefina era quien más quería a Lydia. La cancelación del compromiso la tenía con el Jesús en la boca, temiendo que la muchacha pudiera hacer algo impulsivo.
Dante frunció el ceño, pero su voz no perdió firmeza.
"No lo hará."



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Precio de tu Desprecio