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El Precio del Desprecio: Dulce Venganza romance Capítulo 142

Mateo, con expresión severa, respondió:

—Las placas de Gael tienen libre acceso en Nueva Celestia, bloquear las calles no servirá.

—¿Entonces, qué hacemos, señor? —Preguntó Fernando.

Mateo sacó su teléfono y llamó a Ignacio, el padre de Gael. Las familias Figueroa y Zambrano mantenían una estrecha relación, tanto que, por respeto, Mateo debía llamarlo "tío Ignacio".

La llamada se conectó rápido:

—¿Mateo? ¿A qué debo tu llamada? —Se escuchó la voz de Ignacio.

—Tu hijo se llevó a alguien que me pertenece. —Respondió con voz cortante. —Piensa bien, ¿no tiene alguna casa de campo?

[...]

En una mansión en las afueras, Valentina abrió los ojos lentamente. Se encontró recostada en una lujosa cama, rodeada de una decoración opulenta.

—¿Ya despertaste? —Escuchó una voz masculina.

Al girar la cabeza, vio a Gael. Sus ojos se agrandaron con alarma:

—¿Qué pretendes?

Se suponía que hoy reaparecería como la Doctora Milagro, pero él había arruinado sus planes.

—¿Qué pretendo? —Sonrió. —Después de la paliza que me diste, creo que tenemos cuentas pendientes.

Nunca antes lo habían humillado así y no podía dejarlo pasar. Valentina buscó discretamente en su cintura, pero palideció al recordar que se había cambiado en el camerino, tenía puesto solo un vestido blanco sin mangas, no traía ni sus agujas ni sus polvos.

Gael se sentó en la cama.

—¡No! ¡Suéltame! —Gritó, forcejeando con todas sus fuerzas hasta lograr arañarle el cuello, dejándole una marca sangrienta.

—¡Maldita fiera! —Exclamó él, excitado por su resistencia. Levantó la mano y le propinó una fuerte bofetada.

El golpe hizo que Valentina viera estrellas y sintiera el sabor metálico de la sangre que comenzó a brotar de la comisura de sus labios.

Gael se quitó la camisa y se desabrochó el cinturón. La piel blanca de la joven, sus delicados brazos y piernas lo tenían enloquecido. Él, que había estado con incontables mujeres, sabía reconocer la belleza extraordinaria del cuerpo que tenía sometido.

Le subió el vestido y le separó las piernas a la fuerza:

—De verdad me gustas, sé mía.

—¡Ah! —El alarido que brotó de la garganta de Valentina desgarró el silencio.

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