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El Precio del Desprecio: Dulce Venganza romance Capítulo 63

—¡Mateo, estás drogado! —exclamó.

Él apretó sus labios en una línea tensa. Ya estaba notando los cambios en su cuerpo.

Ambos seguían escondidos tras la cortina, con sus cuerpos pegados debido al pequeño espacio entre la cortina y la ventana. Sentía que su cuerpo ardía y que su mente divagaba.

Estaba mareado.

Mateo agarró el brazo de Valentina y la llevó consigo.

Afuera reinaba el caos, una masa de gente observaba la pelea entre las familias. Así que, nadie les prestó atención.

Mateo la condujo fuera de la mansión y la subió a su lujoso Rolls-Royce.

—¿A dónde vamos, señor? —preguntó Fernando, respetuosamente.

—A Villa Arcoíris —respondió Mateo.

[...]

Era la primera vez que visitaba Villa Arcoíris, la residencia de soltero de Mateo. Antes no había tenido el privilegio de entrar, pero, irónicamente, fue el efecto de la droga lo que la trajo aquí.

Mateo la dejó en la habitación principal: —Quédate aquí, no vayas a ningún lado.

—De acuerdo —asintió.

Y él se dirigió al estudio.

Estando allí, se quitó el traje para refrescarse mientras Fernando le informaba en voz baja: —Señor, hemos investigado. Esta noche Catalina colocó una droga afrodisíaca en la habitación para lastimar a la señora. Quería que su sobrino, la deshonrara, pero por accidente la víctima fue la otra señorita.

Mateo esbozó una sonrisa enigmática: —No hay tales accidentes. Fue Valentina quien planeó todo esto, intercambiándose con Dana para crear este espectáculo.

Fernando comprendió al instante: —Señor, la señora es brillante.

¿Cómo no iba a serlo si había manipulado a toda la familia Méndez?

Estaba en su dormitorio y miraba todo con curiosidad: la decoración era lujosa pero sobria, que emanaba un aire elegante, como él.

La voz magnética, ahora tan familiar para ella, sonó a sus espaldas: —¿Qué miras?

Se giró y lo vio de pie junto a la puerta.

No sabía cuándo había regresado.

Como una niña atrapada en medio de una travesura, pues seguramente la había visto curioseando su habitación, retrocedió avergonzada.

Sus rodillas chocaron con el borde de la cama, haciéndola perder el equilibrio, cayendo sentada sobre ella.

Suspiró. Ojalá la tierra se la tragara.

Intentó levantarse, pero Mateo ya se había acercado, imponiéndose frente a ella.

En esas posiciones; ella sentada y él de pie, con su casi metro noventa de altura, solo podía mirarlo levantando su cara: —Emm... ¿Encontraste algún antídoto? De hecho, yo podría ayudarte.

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