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El Regreso de la Reina romance Capítulo 14

Era el primer día de las vacaciones de verano. Los rayos del sol se filtraban por la ventana, creando patrones dorados sobre las paredes de aquella casa que debería haber sido un refugio. Violeta, con sus quince años y la inocencia propia de su edad, tomó el vaso de leche que su tío le ofreció, sin sospechar que ese momento marcaría el inicio de una pesadilla.

El despertar fue brutal. La habitación giraba como un carrusel macabro mientras su mente luchaba por comprender lo sucedido. Su vulnerabilidad quedó expuesta ante la mirada depredadora de aquel hombre que había traicionado toda confianza familiar.

—Despertaste más pronto de lo que esperaba —sus palabras destilaban un veneno que helaría la sangre de cualquiera—. Mejor así, pequeña. ¿Sabes? Desde que llegaste, no he podido pensar en otra cosa.

Como una bestia al acecho, se abalanzó sobre ella.

—No... por favor... vete... —las súplicas brotaban de sus labios como gotas de rocío en una mañana de horror.

"No... no quiero... vete..."

En su delirio febril, Violeta se retorcía entre las sábanas empapadas de sudor. Las pesadillas del pasado se entretejían con los dolores del presente, y el rostro de su agresor se transformaba en una máscara cruel con los rasgos de Federico.

—De todos modos, ella ya ha sido manchada por otro —la voz de Federico resonaba con un eco distante—. Si tanto te gusta, ve tras ella.

Las lágrimas rodaban por las mejillas de Violeta como perlas de amargura. Su corazón gritaba preguntas que sus labios no podían pronunciar, pero antes de poder enfrentarlo, la cruel visión la empujaba al vacío de la desesperación.

Federico, envuelto en un abrazo con Sofía, dejaba escapar una risa que cortaba como cristal roto.

—Abre bien los ojos, Violeta —su voz destilaba desprecio—. Ya no te amo. Mi corazón le pertenece a Sofía. Eres solo una pobre diabla... nadie en este mundo podrá amarte jamás.

...

El rostro de Violeta reflejaba un dolor profundo mientras las lágrimas empapaban la almohada. Entre sueños, sus labios seguían pronunciando ese nombre como una plegaria rota:

—Fe... Federico...

Fue entonces cuando la puerta se abrió y Federico entró, encontrándose con la imagen de su esposa postrada en la cama, el rostro encendido por la fiebre y una expresión de agonía que le heló la sangre.

—¡Violeta! —la alarma en su voz era genuina mientras corría hacia ella—. ¿Qué tienes? ¡Diablos, estás ardiendo!

La tomó en sus brazos con una urgencia que contradecía sus acciones recientes, y su voz resonó por los pasillos:

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