Julia quería gritar, quería defenderse, pero toda su ira se apagó al escuchar la palabra *Yarumal*.
Ese era el secreto de ambos. Habían prometido que nunca se lo contarían a nadie.-
Y resultó que él se lo había contado a Rebeca desde el principio.
Frente a la esposa oficial, Julia se sintió tan pequeña que deseó que la tierra se la tragara.
Después de cuatro años, por fin tuvo el valor de enfrentar la verdad.
Tomás Ximénez, el heredero millonario, solo la había usado como su juguete personal.
Había jugado con su cuerpo y con su mente, y ella seguía aferrada, mendigando una explicación.
Todo por ser una niña buena, alguien que no conocía la malicia del mundo.
Sus uñas finalmente rompieron la piel de su palma, haciéndola sangrar, cuando escuchó la voz de Rebeca de nuevo.
—No tienes que perdonarlo si no quieres, pero no vuelvas a cruzarte en su camino. Él siempre hace lo mismo. Quién sabe cuándo le vuelva a picar la curiosidad, y no quiero que te vuelva a lastimar.
La humillación era insoportable. Julia quería desvanecerse en el aire.
Después de soltar su veneno, Rebeca tiró su carísimo pañuelo a la basura y salió del baño sin mirar atrás.
El aire de repente se volvió denso. Julia se giró hacia el lavabo y siguió echándose agua helada a la cara. Las gotas resbalaban por sus mejillas, y ya no sabía si era agua o si estaba llorando. Siguió así, con la mente en blanco, durante un minuto entero, hasta que el último rastro de calor de su cuerpo se fue por el desagüe.
Arrancó un pedazo de papel, se secó la cara con brusquedad y se miró en el espejo.
Tenía una belleza frágil, una tez de porcelana y una mirada terca. Sus ojos eran grandes y expresivos. Su mejor amiga tenía razón: era exactamente el tipo de mosquita muerta que volvía locos a esos niños ricos.
Se frotó las mejillas con fuerza, se dio la vuelta y regresó al salón, solo para descubrir que la fiesta había terminado.
El único que quedaba era Tomás, sentado justo al lado de donde ella había dejado su bolso. Tenía la mirada baja y parecía absorto en sus pensamientos.

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