Tan limpio que le quemaba los ojos.
Volvió la cara e intentó alejarse, pero Tomás parecía obsesionado con la misma pregunta.
—¿Por qué me estabas buscando en aquel entonces?
Julia apretó su bolso con fuerza y se armó de valor para sostenerle la mirada.
—Tomás...
Pero justo en ese instante, la puerta del salón se abrió de golpe y una vocecita infantil resonó en la sala.
—¡Papá...!
Detrás de la niña, se escuchó la voz de Rebeca.
—Princesa, tu papá está buscando tu pasador de pelo. No vuelvas a tirar tus cosas por ahí, ¿entendido?
—Sí, mamá.
El rostro de Julia perdió todo color en un segundo. Retrocedió varios pasos, asustada, y salió del salón a toda prisa.
Al pasar junto a Rebeca, esta le dedicó una sonrisa perfecta.
Rebeca era refinada, educada y sabía comportarse en sociedad. A su lado, Julia, que seguía mendigando una respuesta del pasado, se veía ridícula y patética.
Afuera caía un aguacero. Sin importarle nada, Julia se lanzó a la lluvia y paró el primer taxi que vio.
El clima de principios de primavera aún era helado. Sus labios estaban morados por el frío cuando recibió la llamada de su mejor amiga, Yolanda López.
—¿Y bien? ¿Lo viste? ¿Te dio la respuesta que querías?
Julia se quedó en silencio, mirando la lluvia golpear la ventana, sin saber qué decir.
Al otro lado de la línea, Yolanda soltó un suspiro de frustración.
—Te lo dije, no debiste haber ido. Ya está casado y hasta tiene una familia. Julita, no me tomes a mal porque te hablo crudo, pero te estás denigrando. Pareces de esas que se mueren por ser la amante. Deja de humillarte de esa manera.
La palabra *amante* le quemó como un hierro al rojo vivo, haciendo que sus nervios se tensaran al límite.
Yolanda era su mejor amiga en el mundo. Si le hablaba así de fuerte, era porque realmente estaba desesperada por ella.
Los labios de Julia temblaron, apretó el celular con todas sus fuerzas, bajó la mirada y respondió con un hilo de voz.
—No volverá a pasar.
Pero si no lo veía una última vez, su corazón no iba a poder dejarlo ir.
La forma en que la habían desechado, día tras día, se había convertido en una espina clavada en la garganta.
Escupirla era una agonía; tragarla era la muerte.

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