Carolina jamás se imaginó que él la besaría.
Sintió cómo una mano ardiente la sujetaba firmemente por la nuca, y la otra se enredaba en su cintura, atrayéndola sin remedio aún más cerca de su cuerpo.
A través de la delgada tela, podía percibir el calor abrasador que emanaba de él.
—Mauro...
Sus breves suspiros se desvanecieron entre los labios del hombre, quien la besaba con una pasión que iba en aumento.
Carolina quedó tan aturdida por el beso que su mente se desconectó, incapaz de pensar en nada más.
En el silencio de la sala de descanso, el aire se impregnó de ese aroma inconfundible que dejan los deseos desbordados.
La respiración entrecortada de ambos llenaba el espacio, y ella sentía cómo le faltaba el aire.
Finalmente, Mauro la soltó, respirando agitado, y separó sus labios de los de ella.
Con la voz rasposa, casi irreconocible, murmuró:
—Perdón... me dieron algo raro.
El rubor de Carolina la delataba, sus ojos, humedecidos, brillaban intensamente. No se atrevía a mirarlo.
—¿Puedes soltarme ya?
No podía soportar tenerlo tan cerca, sobre todo porque... bueno, había algo en su cuerpo que la ponía aún más nerviosa.
—Perdóname.
A pesar de sus disculpas, Mauro seguía aferrado a su cintura, sin intención de soltarla.
Carolina, escuchando su respiración agitada, notó que pasaron cinco minutos antes de que él finalmente la dejara ir.
Ella se giró de espaldas, incómoda.
—...Voy a llamar a emergencias, ¿sí?
Sabía muy bien lo que era ese tipo de intoxicación, esa sensación eléctrica y dolorosa que te recorre los huesos, como si miles de hormigas te mordieran por dentro. Lo había vivido antes, y no se lo deseaba a nadie.
—No hace falta.
—¿Entonces...?
Ni loca pensaba ayudarle con el antídoto.
Mauro, con el rostro encendido, se puso de pie y se dirigió al baño.
—No entres. Yo me encargo.
...
¿Quién querría entrar, por favor?
—Está bien. Si ves que no aguantas, ve al hospital.
Mauro apretó los puños, se le marcaban las venas en el dorso de la mano. Por nada del mundo pensaba ir al hospital.
La única respuesta de él fue el sonido constante del agua cayendo en la regadera.
Carolina no sabía ni cómo sentarse ni cómo pararse.
Debería irse de inmediato, era lo lógico, pero pensar en Mauro ahí solo...
¿Sería muy mala onda dejarlo así?
Se preguntaba en qué momento lo habrían drogado.
De repente, se le ocurrió: ¿sería el jugo de naranja?
Carolina buscó en internet el remedio más rápido para ese tipo de droga.
La respuesta la dejó sin palabras: [¿Sexo?]
Carolina: [...]
Detrás de la puerta esmerilada del baño, además del agua, se colaban unos leves quejidos, casi imperceptibles.
Ambos sonidos se mezclaban, llenando la habitación de un ambiente cargado y difícil de describir.
Dos horas más tarde, el suplicio llegó a su fin.
Mauro salió del baño envuelto en una bata blanca, el cabello aún goteando, pero la mirada ya despejada.
—Perdón, antes no me pude controlar.
—Señorita, ¿sabía usted que ese hombre es el Sr. César de Grupo OroFirme? Él está casado, ¿usted es su amante?
—¿Desde cuándo es su amante?
—Señorita, su cara me suena de algo...
Zoe se quedó paralizada.
Esas palabras —“está casado”— le cayeron como una condena.
¡Había pasado la noche con un desconocido y encima resultó ser un hombre casado!
Intentó escapar, pero los reporteros la rodearon en un segundo. Entonces, el hombre salió del cuarto, despacio y con toda la calma del mundo.
—¿Qué está pasando aquí?
—Sr. César, esta señorita acabó de salir de su habitación con la ropa hecha un desastre. ¿Qué relación tienen ustedes?
César chasqueó la lengua un par de veces.
—Nada que ver. Ni siquiera la conozco. Ya váyanse, ¿sí?
Carolina, después de mirar todo por la mirilla, se dio la vuelta y chocó contra una pared... pero era una pared humana.
—Tú...
—¿Qué mirabas?
—Nada, nada.
No notó la media sonrisa que Mauro apenas pudo ocultar.
—Mauro, mejor esperemos un rato antes de salir.
Afuera era un caos de reporteros y curiosos.
Si salía con Mauro en ese momento, ya sabía que los fotógrafos los iban a llenar de flashes.
—Tranquila —dijo Mauro en tono suave—. Nadie se atreverá a tomarme fotos. Ya mandé a alguien a limpiar el lugar.
Carolina bajó la mirada, pensativa. ¿Y si la que le puso la droga había sido Zoe?

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