—Espera —el hombre habló con las cejas fruncidas y la mirada impasible, lanzando una mirada de soslayo.
—Voy contigo.
—Jajaja —Joel soltó una risa burlona—. ¿No que tenías algo qué hacer en la noche? ¿O qué, nomás escuchaste que cierta persona iba y de repente ya no tienes nada pendiente?
Mauro dejó que lo molestara, sin responderle.
Joel, curioso por saber hasta dónde llegaba la relación de esos dos, preguntó:
—Oye, ¿la noticia en internet sobre la segunda hija de la familia Sanabria también la filtraste tú?
—¿Fue solo porque se metió con tu enamorada?
Mauro dejó escapar una carcajada seca, su voz sonó cortante:
—También se metió conmigo.
¿De verdad pensaba que meterse en su cama era tan fácil?
Apenas llevaba unos años fuera del país y ya había quien se atrevía tanto, como si pudieran meterse en su cama así como así.
Pero esa cama tenía dueña. Solo una persona podía ocupar ese lugar.
—Vaya, vaya, Sr. Mauro, ¿entonces sí vas en serio con tu... eh, cuñada?
Mauro lo miró con desaprobación.
—Cuida tus palabras, esa es tu cuñada. Aunque, si vamos por el parentesco, también podrías llamarla tía.
—Mi cuñada es Marisol, ellos se casan el próximo mes.
Joel estaba tan impresionado por la rapidez de Mauro que casi se le cae la quijada.
—¡Eres un crack!
No podía esperar a ver la cara de Alexis cuando descubriera que Mauro le estaba tirando la onda a su exnovia.
Definitivamente, no se perdería ese espectáculo. Ya tenía reservada la primera fila.
...
Mónica llegó al restaurante japonés jalando de la mano a su mejor amiga.
Apenas entraron, el lugar les sorprendió: adornos de pequeños puentes de madera, agua corriendo y plantas verdes rodeando todo, como si hubieran entrado a un oasis.
Se dirigieron al privado que habían reservado. Mónica deslizó la puerta de madera y, al abrirla, Carolina se quedó pasmada.
—¿Tío? —exclamó Mónica igual de sorprendida—. ¿Tú también viniste?
No podía disimular el asombro en su voz.
Se acordaba bien de que su tío no era fan del sushi ni de la comida italiana. Tenía gustos más tradicionales, hasta anticuados. Casi parecía de otra época, siempre prefiriendo los platillos mexicanos.
En serio, a veces pensaba que durante sus años en el extranjero debió haberse sentido como pez fuera del agua.
Agachó la mirada y susurró, casi sin voz:
—Gracias.
Mónica alzó una ceja, alternando la mirada entre ambos, a punto de decir algo, pero se contuvo.
Joel, con su sonrisa de pillo, se burló:
—¿Qué pasó, señorita Sanabria, se puso nerviosa por ver al señor Mauro?
Carolina apretó los dedos, tan sorprendida que ni se atrevía a levantar la mirada.
Mónica salió al rescate:
—Joel, ¿por qué no mejor dices que Carito se asustó al ver tu cara?
Joel se indignó:
—¡Oye, Moni! ¿De qué hablas? ¿Yo cuándo he asustado a alguien?
Mauro, sin mucha expresión, sopló su bebida y le dio un trago.
—Tal vez se asustó por lo feo que eres.
Joel: ¿Eh?
¡No podía ser! Ahora sí entendía lo que era que un amigo te cambiara por una mujer.

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