—¡Jajaja! —Mónica soltó una carcajada sin ningún reparo.
—¡Joel, ya viste de lo que es capaz mi tío Mauro! —dijo entre risas, mirando a su amigo con aire triunfal.
Joel apretó la mandíbula, molesto por haber quedado mal parado. Podía notarse cómo rechinaba los dientes de coraje.
—Moni, ¿ya se te olvidó quién está pagando la comida hoy?
Mónica, haciéndose la obediente, llevó la mano a la boca y simuló que la cerraba con llave. Sabía cuándo detenerse y no seguir picando.
Con solo echar un vistazo, Mónica notó que su tío Mauro no le quitaba los ojos de encima a su amiga Carolina. Algo en su mirada la hizo arquear una ceja.
Al volver la vista a Carolina, notó que ella seguía cabizbaja, tan concentrada en su vaso que parecía querer atravesarlo con la mirada.
—¡Carito! ¡Deja de distraerte! Anda, come más. No te andes con formalidades, ¿eh? Mira que el heredero de Grupo Huerta tiene dinero de sobra.
Mauro, aunque estaba recostado en la silla con una postura relajada, emanaba una presencia que imponía respeto. La mesa era tan angosta que, al tomar comida, sus dedos rozaban los de Carolina de vez en cuando, lo que la ponía aún más nerviosa.
De los cuatro, Joel parecía amigo de Mauro y estaba al tanto de todo lo que pasaba entre ellos. Mónica, en cambio, no sospechaba nada. Carolina se debatía entre la culpa y el miedo de que su amiga descubriera algo.
La comida transcurrió en una tensión constante, como si todos caminaran por la cuerda floja.
Cuando ya casi terminaban, Mónica lanzó una pregunta sin pensarlo mucho:
—Oye, Carito, ¿tienes tiempo el fin de semana? Vámonos a pasear a la sierra, a ver si nos despejamos un par de días.
Normalmente Carolina habría aceptado sin dudar. Pero este fin de semana...
Carolina levantó la mirada fingiendo que no era para tanto, solo para encontrarse con los ojos oscuros de Mauro, quien la observaba con una sonrisa apenas disimulada. Sintió cómo se le aceleraba el corazón y apartó la vista enseguida.
—Moni, este fin de semana tengo pendientes, no voy a poder acompañarte —respondió, carraspeando.
—¿Y la próxima semana?
La mirada de Carolina se apagó un poco.
—La próxima semana es el aniversario de mi abuelita, perdón.
—No te preocupes, de verdad. Perdón, manita, se me fue la onda.
Mónica la abrazó con cariño, sintiéndose culpable por no haber considerado la fecha. Cuando la soltó, notó que Mauro tenía el entrecejo apenas fruncido, como si algo le molestara.
Mauro lo miró de reojo, indiferente.
—¿Nunca has oído que con cualquier bebida se puede brindar?
Joel solo pudo negar con la cabeza, sin saber si reír o enojarse.
...
Por fin, Carolina y Mónica subieron al carro de Mauro, mientras Joel se quedó esperando a su chofer.
Desde el asiento del conductor, Mauro miró por el retrovisor, sus ojos intensos rozando lo desafiante.
—Mónica, te llevo primero a la casa y después paso a dejar a Carito.
—Gracias, tío —respondió Mónica sin darle mayor importancia.
Carolina quiso pedir que la dejaran en la estación del metro, pero se mordió la lengua. Se arrepintió de haber mandado su propio carro al taller justo hoy.
Cuando Mónica bajó del carro, se instaló el silencio. Solo quedaron Mauro y Carolina a bordo. Él detuvo el carro a un costado, encendiendo las intermitentes. Antes de que ella pudiera preguntar nada, Mauro habló con su tono tranquilo y reservado.

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