Mauro andaba de buen humor.
—Ajá, muy buen informe. Acuérdate de mantener ese nivel la próxima vez.
—¿Y tú? ¿Vas a decirme a dónde vas?
—A un bar tranquilo. Natalia anda bajoneada, voy a acompañarla un rato.
El modo en que Mauro decía “Natalia” sonaba demasiado cercano para el gusto de Carolina, y encima ella nunca le llamaba así a él.
En la comisura de los labios de Mauro se asomó una sonrisa que no llegaba a ser completa, un gesto entre pícaro y retador.
—Ya veo... Pero, mira, dos chicas solas en un bar a estas horas, sí que es peligroso.
Hizo una pausa y cambió de tono.
—Pero si me llamas “esposo” aunque sea una vez, puedo esperarte afuera hasta que terminen de platicar.
Carolina rodó los ojos.
—Ay, ¿es en serio? ¿No te parece exagerado?
Vio cómo Mauro fruncía el ceño, así que terminó por rendirse.
—Bueno, bueno, ya... “esposo, esposo”, ¿sí? ¿Contento?
Total, decirlo no le quitaba nada... ni un pelo.
Mauro asintió, satisfecho.
—Eso está mejor. Sebastián, lleva el carro al bar.
...
En unos minutos llegaron al lugar. Carolina abrió la puerta, se volteó y le advirtió a Mauro:
—No me esperes. Regresen ustedes, yo después pido un taxi.
No le dio tiempo de responder. Sin esperar más, corrió hacia la entrada, preocupada de que Natalia estuviera sola y no segura adentro.
Mauro no pudo evitar reír en voz baja.
Sebastián lo observó por el retrovisor.
—¿Quiere que esperemos aquí, jefe?
—Sí, vamos a esperar.
Sacó su laptop y empezó a revisar correos, dándose un respiro.
...


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