Después, Carolina le avisó a Fabián y Verónica, quienes estaban en el mismo equipo, que todo estaba bajo control.
Al final, justo cuando se disponía a devolverle la llamada a Mauro, el hombre apareció, tocando la puerta con un aire sereno.
—Abogado Hugo, disculpe la molestia, me enteré de que estaba enfermo y vine a verlo.
Hugo, con el suero colgando del brazo, se sintió sorprendido y halagado a la vez. Tartamudeó un poco:
—Señor Loza, ¿qué hace usted aquí?
Mauro entró con pasos tranquilos, sus labios apretados en una línea discreta. Echó un vistazo rápido hacia la mujer que, en la esquina de la habitación, parecía querer esconderse como una tortuga. Solo entonces dirigió su atención a Hugo.
—Vi en las noticias que se desmayó. Como andaba cerca, decidí venir a ver cómo seguía. Además, intenté llamar a mi esposa y no me contestó, así que me preocupé más por su estado de salud, abogado Hugo, y me pareció mejor venir directo al hospital.
Hugo había escuchado que el señor Loza se había casado recientemente, pero no entendía bien qué tenía que ver que su esposa no contestara el teléfono con su enfermedad.
Entonces, para su sorpresa, vio cómo Mauro miraba con una ternura descarada a su pupila. Sin quitarle los ojos de encima, se acercó y le tomó la mano.
—La próxima vez no puedes dejar de contestar el teléfono. Me preocupas mucho, ¿no lo sabes?
Hugo abrió la boca de la impresión, como si pudiera meterse un huevo entero.
—Carolina, ¿no será que mi presión ya subió a doscientos? ¿Por qué siento que estoy alucinando?
Carolina miró de reojo el monitor de signos vitales, apretando los labios en silencio.
—Jefe, su presión está normal. Él... vino a buscarme a mí.
Hugo tragó saliva, y con la mano temblorosa, apuntó a los dos, que ahora entrelazaban sus dedos.
—¿Ustedes...?
Mauro dejó escapar una sonrisa leve.
—Soy su esposo. Perdón, abogado Hugo, por haberlo mantenido en secreto todo este tiempo.
Hugo se llevó una mano a la frente, con los ojos desorbitados.
—No puede ser, seguro sí estoy soñando.
¡Su querida pupila, la que se casó de manera tan repentina, resultó ser la esposa de Mauro!
...
Después de unos minutos, Hugo logró asimilarlo.
—Bueno, bueno, Carolina, sal un momento, quiero platicar a solas con el señor Loza.
Carolina, que ya se imaginaba por dónde iba la conversación, miró a Mauro con un atisbo de súplica en los ojos. Quería pedirle que no pusiera en aprietos a su jefe.
Mauro le dio un apretón cariñoso en la mejilla.

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