—¡Marisol! —exclamó Petra, sobresaltada—. ¡Rápido, llamen al doctor!
—Mauro, Marisol es tu sobrina, la viste crecer desde niña. ¿No crees que te estás pasando con ella? —reclamó Petra, con el rostro desencajado.
Mauro ni se inmutó.
—¿Y desde cuándo irse al extranjero es una crueldad? —replicó con calma—. Mucha gente sueña con salir del país, pero no todos tienen esa oportunidad. La familia Loza la ha cuidado durante todos estos años, sin pedir nada a cambio, pero ya no podemos dejar que siga aquí causando problemas.
En ese momento, el doctor Jurado, el médico de cabecera de Benjamín, entró apresurado.
—¿Qué ocurrió con la paciente? —preguntó, abriendo su maletín.
—Doctor Jurado, por favor, mi hija acaba de desmayarse —le suplicó Petra.
El doctor se acercó de inmediato, le tomó el pulso a Marisol y le midió la presión.
Por suerte, el ritmo de su respiración y el pulso estaban normales.
—Señora, ¿Marisol ha comido bien hoy? Sus síntomas parecen de hipoglucemia. Le voy a poner una inyección de glucosa para estabilizarla —explicó el doctor, mientras preparaba el medicamento.
—De todas formas, lo más recomendable es que la lleven al hospital para un chequeo completo. La hipoglucemia puede ser más riesgosa que el exceso de azúcar. Por fortuna, esto pasó en casa, porque si le hubiera pasado en la calle y se golpeaba la cabeza, sería mucho más grave.
Petra se quedó helada, sin saber qué decir.
—Doctor Jurado, ¿no será que mi hija está embarazada? —susurró, con voz temblorosa.
—Bueno... —el médico se quedó perplejo—. Yo solo puedo asegurar que por ahora tiene hipoglucemia y un poco de anemia. Si le preocupa un embarazo, lo mejor es hacerle análisis en el hospital.
Mauro soltó una carcajada seca.
—¿De verdad crees que, si está embarazada, ya no tiene que irse al extranjero? Tranquila, allá la atención médica es muy buena. Te prometo que tu nieto nacerá sin ningún problema.
Tadeo e incluso Petra se quedaron en silencio, sin saber cómo reaccionar.
Petra sintió tanta rabia que casi le daban ganas de gritar.
—¡Mauro, tú...!
—¡Ya basta, todos! —interrumpió Tadeo, cansado de la discusión—. Doctor Jurado, por favor, póngale la glucosa a Marisol. En cuanto esté mejor, la llevamos al hospital para que le hagan exámenes y salgamos de dudas.


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