La vida marchaba tranquila, al menos hasta que Carolina recibió la llamada de Pablo.
—Carito, antes de la boda, ¿no crees que sería bueno que Mauro venga a la casa, que platiquemos un rato? —le preguntó Pablo, con esa urgencia disfrazada de afecto.
Por dentro, Pablo hervía de ansiedad. Había tenido que soltar el treinta y cinco por ciento de las acciones como dote para Carolina, y ni siquiera había visto la cara de su futuro yerno. ¿Cómo iba a buscarle ayuda más adelante si ni lo conocía? Sentía que, de lo contrario, estaría regalando a su hija sin ningún beneficio.
Carolina, en cambio, ni se inmutó. Apenas escuchó la propuesta, le cortó la ilusión de tajo:
—Papá, la neta he estado ocupadísima. Hay mil cosas de la boda que solo yo puedo arreglar, y tú tampoco puedes ayudarme mucho. Si no me hago cargo, el día de la boda seguro terminamos haciendo algún ridículo, ¿no crees?
Pablo sintió que la sangre le hervía, pero tragó saliva y no se atrevió a discutir con su hija mayor.
—Sí, sí, ya entendí. Tú sigue con lo tuyo. Ya después de la boda, cuando regresen, entonces sí, me siento a platicar con el yerno.
Carolina soltó una risa por lo bajo. ¿Regresar a la casa familiar? Si su familia ya solo era ella misma.
...
Durante ese tiempo, Estela se había mostrado más contenida que nunca. Desde que regresaba de la oficina, casi no salía. Se pasaba los días en casa, incluso cuando las otras esposas ricas la mencionaban en el chat grupal, lanzándole indirectas y comentarios maliciosos. Ella simplemente las ignoraba.
Esa noche, Pablo llegó a casa tambaleándose, apestando a alcohol.
Estela, siempre dispuesta a complacerlo, le preparó una bebida casera para bajarle la borrachera.
—Pablo, ya casi es la boda de Carolina —le dijo, mientras le acercaba la taza—. Deberías bajarle al chupe, no vaya a ser que termines haciendo un papelón esos días.
Pero mencionar la boda solo empeoró el humor de Pablo. Carolina ni siquiera lo había consultado sobre la lista de invitados. Todo lo arreglaba por su cuenta. Incluso el mayordomo de los Loza tuvo que preguntarle a él quiénes asistirían. Y ahí estaba él, a unos días de la boda, repartiendo invitaciones como si fuera un empleado cualquiera. ¿Eso era justo?
Con rabia, se aflojó la corbata y gruñó:
—Ya sé lo que tengo que hacer. Si no socializo, ¿de qué vamos a vivir? ¡Si no hago relaciones, nos quedamos sin nada!
Estela solo se acercó a masajearle la sien con ternura.


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