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El Tío que Robó Mi Corazón romance Capítulo 262

—Rafael, ¿crees que este año sí me den el puesto de socia sin derecho a voto? —preguntó ella, con la voz llena de expectativas.

Rafael apretó los labios antes de contestar.

—Está difícil decirlo. Ya sabes que últimamente esa tal Carolina se anda luciendo mucho.

—¿Y eso qué? Yo entré al despacho mucho antes que ella —replicó, frunciendo la frente.

Rafael desvió la mirada, con una chispa en los ojos. Ese puesto no se ganaba solo por antigüedad.

Había que demostrar resultados, tener talento. No bastaba con haber llegado primero.

Pero Rafael prefirió callar.

Si decía más, seguro esa mujer regresaba a casa armando escándalo.

...

Carolina fue a la agencia de carros a recoger el suyo, pero apenas llegó, recibió una llamada de Pablo.

—¡Carolina! Tu mamá, la señora Estela, por fin aceptó divorciarse de mí. ¿Tú crees que ya puedas decirle a Mauro que venga a casa a cenar algún día?

Carolina no se esperaba que él convenciera tan rápido a Estela para divorciarse.

—¿De veras ya se divorciaron? —preguntó, dudosa.

—¡Si no me crees, te enseño el acta de divorcio! —soltó Pablo, casi riendo.

Carolina se limitó a esbozar una sonrisa.

—No hace falta. Yo misma lo voy a verificar.

Sin perder tiempo, se sentó en la sala de espera de la agencia y llamó a un excompañero para pedirle el favor de revisar el asunto.

Diez minutos más tarde, ya tenía la respuesta en su celular.

Al ver el mensaje, Carolina todavía no lo podía creer.

¿Estela aceptó tan rápido? ¿Ni siquiera le peleó por los bienes?

Bueno, si así era, entonces le tocaba a ella empezar su propio show con Mauro.

Acordándose de la noche anterior y de lo insaciable que había sido ese tipo, Carolina sintió unas ganas tremendas de desquitarse.

¡Dios sabe cuántas capas de corrector tuvo que ponerse hoy para tapar las marcas que él le dejó!

Ya había pagado con intereses, así que ahora ni le pesaba pedirle favores.

Si no, ¿por qué andaba tan contenta y apurada?

Tenía que ver con sus propios ojos qué carro traía su esposo.

Carolina, por su parte, bajó antes de tiempo, justo para evitar que algún curioso la viera, porque de lo contrario, al día siguiente todos estarían haciéndole preguntas.

Pero cuando llegó a la puerta lateral donde Mauro solía estacionar, no vio la camioneta blanca con placas terminadas en 88 que solía manejar. En su lugar, un carro deportivo plateado bajó la ventana.

Desde adentro, Mauro le hizo una seña con la mano y una sonrisa tan descarada como encantadora.

—Ven, amor, aquí estoy.

Carolina se dio cuenta de que Mauro hoy había cambiado de carro.

Corrió hacia él, dejando solo la mitad de su silueta a la vista. Alejandra, que la seguía desde lejos, apenas logró distinguir el carro, pero no el logo.

No tenía idea de qué marca era ese carro.

En su mente, Alejandra pensó con desprecio: seguro es uno de esos carros baratos que nadie conoce.

Se rio para sí misma, dio media vuelta y se fue de regreso al edificio, murmurando con ironía: De nada sirve ser bonita si terminas casada con un cualquiera que ni carro decente tiene.

Y ni imaginarse podía que ese CCR plateado, único en todo el país, costaba suficiente para comprar mil carros como el de su marido.

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