En ese momento, Zoe recordó que Carolina era su hermana, aunque solo compartían el mismo papá. Sin embargo, cuando discutían y se peleaban, jamás lo reconocía.
Pablo se veía acorralado.
—Zoe, siempre te la pasas peleando con tu hermana. Ustedes jamás se han llevado bien. Mejor ve y pídele de favor, igual y se apiada de tu madre.
—¿Yo, pedirle un favor? —Zoe negó con la cabeza, apretando los labios—. No pienso ir a rogarle a esa mujer.
—Papá, ella me detesta, y también odia a mi mamá. Si yo le pido algo, seguro que no sirve de nada.
—Papá, aunque fuera, ni sabes cómo me va a tratar. Capaz que hasta me humilla.
—No, papá, yo no voy a ir.
Si Estela hubiera estado presente y visto la mirada calculadora de su hija, se habría sentido aún más decepcionada.
No solo tenía un esposo sin corazón, sino también una hija desagradecida.
La verdad, el supuesto lazo de esa familia de tres nunca aguantó ni la primera prueba.
Padre e hija se quedaron en ese estira y afloja, ninguno cediendo, nadie dispuesto a dar el primer paso.
...
Por su lado, Carolina también recibió la llamada preocupada del mayor.
—Carolina, me enteré que metiste a tu madrastra en la cárcel.
Carolina seguía en el hospital, recibiendo suero.
—Sí, hermano, ella solita se lo buscó.
Hugo, después de la boda pasada, ya sabía que Carolina era la heredera de Sanabria Innovación.
En las familias ricas, siempre hay chismes y líos de todo tipo.
Él no preguntó mucho, solo le advirtió:
—Estela tiene conocidos en los juzgados, pero alguien dio la orden de que nadie le acepte el caso. Dicen que trajeron gente de afuera para ayudarla.
Carolina se sorprendió.
—¿Quién fue el que dio la orden?
Hugo soltó una risa socarrona.
—¿Quién más podría ser?
El sarcasmo se notaba en su voz.
A Carolina le vino a la mente el nombre sin pensarlo.
—¡Mauro!
Él otra vez la estaba respaldando desde las sombras.
Carolina imaginó el semblante serio de Mauro y apretó los labios.
Ese hombre siempre estaba ahí, apoyándola en silencio, sin pedirle nada, sin decirlo.

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