Mauro llevaba en la mano la ropa que Carolina había escondido en la cajuela del carro.
Ella retrocedió, nerviosa.
—¿Tú... tú qué quieres hacer?
El cabello negro de Mauro caía suave sobre su frente, dándole un aire mucho más tranquilo que durante el día, pero en sus ojos había un brillo extraño, casi hipnótico.
—Dime, esposa, ¿tú qué crees?
—Los expertos dicen que dormir con el estómago lleno no es bueno para la salud. Así que...
Se pasó la lengua por los labios, incapaz de contenerse.
—Mejor hagamos un poco de ejercicio.
Carolina acababa de enjuagarse la boca y Mauro pudo saborear el toque cítrico en sus labios, como de naranja fresca.
Ese aroma suave, mezclado con el dulzor natural de su piel, lo envolvió. Aspiró hondo un par de veces.
El beso se volvió más intenso.
...
Al día siguiente, Carolina despertó con la voz de Mauro.
La noche anterior, pensó que todo sería mucho más intenso, pero para su sorpresa, él se mostró paciente y cariñoso; después de una sola vez, la dejó descansar.
Al final, no estuvo tan mal. Hasta parecía que él tenía corazón.
La ropa especial de la noche anterior no terminó rasgada, solo un poco arrugada, aún podía usarse.
Carolina lo miró con picardía, tratando de molestarlo.
—Ya que te gusta tanto verme con esto, hoy me lo llevo puesto a la oficina.
Mauro se acercó, presionando los labios y de repente, —¡rasg!—, de un tirón abrió la camisa ajustada por el frente, partiéndola en dos.
—Mejor ponte otra cosa. Esta ya no sirve. Esa ropa solo me la puedes mostrar a mí.
Carolina extendió la mano.
—Me salió cara, ¿vas a pagarme?


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