Aunque el tono de Mauro no sonó amenazante, a Carolina se le erizó la piel y sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Forzó una sonrisa incómoda.
—No, Mauro, ya entendí. Me equivoqué.
—Súbete al carro.
Mauro se acomodó en el asiento trasero y Carolina lo siguió, cerrando la puerta con suavidad.
—Sebastián, ¿puedes bajarte un momento? —Mauro le pidió al chofer.
Sebastián obedeció sin chistar y salió, dejándolos solos en el interior del carro.
—Carolina, ¿te gustan los chicos de diecinueve años?
Carolina abrió la boca, sorprendida, y contestó a media voz:
—No es eso, solo me dio curiosidad.
—¿Curiosidad por qué?
El rostro de Mauro se inclinó hacia ella, acercándose tanto que Carolina pudo sentir su respiración.
—En cinco días se supone que te casas, ¿no lo recuerdas?
Carolina rodó los ojos por dentro. Suspiró, aguantando las ganas de discutir.
—Ya terminé con él, Mauro. Ya no hay boda.
Mauro se recargó de nuevo en el asiento, mostrando desinterés en su expresión.
—¿De verdad? Qué raro, porque mi papá sigue decidiendo si ponerse un traje azul o negro para la boda, todo emocionado.
Al escuchar eso, el ceño de Carolina se frunció.
¿En serio nadie le había avisado aún a Benjamín? Eso ya rozaba lo absurdo.
—Bueno, yo ya dije lo que tenía que decir. El mero día de la boda, no cuenten conmigo —sentenció, apretando los labios.
Mauro la miró con una intensidad que la descolocó, sus ojos oscuros reflejaban emociones que Carolina no supo descifrar. Su voz, más grave de lo habitual, preguntó:
—¿De verdad no vas a ir?
—Sí. El que vaya, que se convierta en perrito —bromeó, intentando aligerar el ambiente.
Mauro no pudo evitar sonreír, una sonrisa genuina y cálida que lo suavizó por un instante.
—Ya entendí. Ahora te llevo a tu casa. Todo lo demás, déjamelo a mí.
Hizo una pausa y bajó el tono.
—Si te cuesta decirme hermano, solo dime por mi nombre.
Carolina se quedó callada. Pensó que llamarlo por su nombre se sentía hasta más raro.
—Bueno... Mauro.
—Papá, faltan solo cuatro días. Si quieres evitar un desastre, todavía puedes cancelar. Porque si no, ese día los dos vamos a quedar en ridículo.
Sin esperar respuesta, Carolina salió de la oficina, dejando a Pablo helado en su asiento.
Sus ojos se endurecieron, llenos de una determinación gélida.
Ya no pensaba perder más tiempo convenciendo con palabras a su hija terca.
...
En el salón de belleza, Estela contestó el teléfono con voz melodiosa.
—¿Qué pasa, Pablo?
La voz de Pablo del otro lado sonaba tensa.
—La boda es pasado mañana. Haz lo que sea necesario, pero Carolina tiene que aparecer ese día. No me importa cómo, pero quiero verla en la ceremonia.
Estela se quedó callada un segundo y luego soltó una risa ligera.
—Ya entendí, déjalo en mis manos.
Colgó. Miró su reflejo en el espejo, satisfecha.
Así que la niña otra vez había hecho enojar a su papá.
Si con cariño no funcionaba, entonces tocaría usar mano dura.

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