Mónica despertó hasta el mediodía.
—Carito, ¿ayer en el bar sí vimos a mi tío, verdad?
Tenía la memoria hecha pedazos.
Carolina soltó un suspiro de resignación.
—Moni, ¿no te acuerdas de nada?
Mónica se frotó la frente, como si quisiera despejar la neblina de su mente.
—Pues la verdad, casi nada. Me acuerdo que tú pediste un chavo universitario, yo uno con músculos, y luego de la nada llegó Joel, ese perro.
Joel, el amigo de la infancia de Mónica.
De hecho, estuvieron a punto de comprometerse, pero Mónica armó tal escándalo en la fiesta de compromiso que todo se fue al traste.
Carolina nunca entendió bien la relación entre ellos; cada vez que se veían, era pleito seguro.
—Oye, ¿no te hizo nada Joel, verdad?
Mónica subió la voz, indignada.
—¡Ni se atreva!
—¿Y tú? Carito, ¿cómo te fuiste después?
En ese momento, Carolina recordó que su carro seguía en el estacionamiento detrás del bar.
—Ah, pues pedí un taxi para volverme.
—Qué bueno. Ni modo, será para la próxima. Ahora sí te voy a llevar a un lugar nuevo, dicen que ahí hay un montón de universitarios guapos.
Carolina lanzó una risa incómoda.
—Mejor no, la verdad no me llaman tanto la atención los universitarios.
—¿Que no? Si ayer te quedaste viendo al chavito ese como si fuera un postre. Pero ya, entre amigas nos entendemos.
En ese momento, una voz masculina, profunda y familiar, sonó en la bocina.
—Moni, ¿con quién hablas?
Carolina se puso nerviosa enseguida.
—¡No digas que soy yo, no digas que soy yo!
Pero su amiga ni en cuenta.
—Ah, tío. Estoy platicando con Carito.
...
Auxilio.
—Ya veo.
Carolina no quiso escuchar nada más. De inmediato colgó el teléfono de un golpe.
Mientras se lamentaba por lo ocurrido, Fabián se le acercó.
—Carolina, Verónica y yo vamos a ver clientes. De EntreteniMax nos llamaron, ¿puedes ir tú?
Carolina pestañeó despacio; sus largas pestañas temblaron un poco.
—Claro, yo voy.

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