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El Tío que Robó Mi Corazón romance Capítulo 86

Ella le pasó un pañuelo con suavidad para tranquilizarla.

—Ya, Zoe, hoy no te puedes ir. ¡Van a venir muchas personas importantes! Escuché que Mauro también va a estar aquí.

—Tu hermana solo quiere asustarte. Antes, cuando se le moría un hámster lloraba un montón, ¿tú crees que de verdad sería capaz de matar a alguien?

Estela le habló con dulzura, tratando de calmarla.

—Tranquila, Zoe. En un rato, busca la oportunidad de que el señor Mauro al menos recuerde tu nombre. Si no, en la familia Loza solo conocen a tu hermana, ni saben que existes. ¡Pero tú eres la consentida de tu papá y de mí! ¿Verdad que sí?

Con cada palabra de su madre, Zoe fue recuperando la calma.

Claro, Carolina no era más que un tigre de papel.

¡Ella tenía el cariño de su madre y el respaldo de su padre! Era la princesa de la familia Sanabria.

Tomó el pañuelo y se secó las lágrimas del rabillo del ojo.

—Mamita, ya entendí. Pero más tarde, cuida a Carolina, no vaya a hacer algo raro.

Estela le dio una palmada en la mano.

—No te preocupes, ya sal, vete tranquila.

...

Cuando Benjamín llegó, se sintió nostálgico.

Lucía ya se había ido al encuentro de su vieja amiga allá arriba; dos confidentes de juventud, ahora reunidas al fin.

Se acercó a rendirle homenaje a la fallecida, encendiendo tres velas.

—Carito, no te quedes triste. Todos pasamos por esto: nacer, envejecer, enfermar, morir… Nadie escapa de ese destino. Tienes que tratar de aceptarlo, ¿sí? —le dijo en tono consolador.

Carolina asintió, mostrando una serenidad que no reflejaba del todo lo que sentía.

Mauro llegó y, al verla en silencio, sintió un malestar inexplicable.

Abrió la boca, con ganas de decir algo, pero la cantidad de gente a su alrededor se lo impidió.

Zoe, vestida de luto, se detuvo delante del retrato de la abuela y se fijó en la silueta alta de Mauro. Sus ojos brillaron con una chispa de emoción.

Su mamá tenía razón. Hombres como Mauro no había dos en toda Ciudad del Confluente.

Ahora que el señor Benjamín sentía cierta deuda con los Sanabria, si ella lograba acercarse a alguien como Mauro, ¿qué miedo podría tenerle a Carolina después?

Carolina observó cómo Zoe salía tras Mauro y frunció el entrecejo, pensativa.

No lograba adivinar qué tendría en mente su inquieta hermanastra.

Preocupada de que Zoe causara problemas, decidió seguirla.

Apenas llegó al pasillo, escuchó la voz fingidamente delicada de Zoe:

—¿Estás bien?

Carolina asintió apenas.

—Sí, estoy bien.

Mauro dio un paso adelante y, con cuidado, le acarició la cabeza.

—Eso es mentira —dijo con voz suave—. Yo sé que no lo estás.

La garganta de Carolina se cerró de golpe.

—Señor…

Mauro se quedó quieto, y con delicadeza apoyó la cabeza esponjosa de Carolina en su hombro, como si fuera una joya preciosa.

En su rostro severo apareció una ternura que casi nadie habría notado. Murmuró apenas:

—Carolina, cuando estés conmigo, no tienes que ser fuerte todo el tiempo.

A unos metros, Zoe observaba la escena, mordiéndose los labios con rabia.

¡Maldita! ¿Cómo se atrevía a desear a ese hombre?

¿Acaso creía que le llegaba a los talones?

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