Alguien más también había puesto el ojo en ese brazalete.
—¡Doscientos mil, una vez! —lanzó una voz desde un costado.
Carolina levantó su paleta otra vez.
—¡Doscientos cincuenta mil, una vez! —exclamó el subastador, conteniendo el aliento.
El otro postor no pensaba ceder.
—¡Este caballero ofreció quinientos mil, quinientos mil a la una!
—¡Mamá, ya detén a Carolina! ¡Está loca! Quinientos mil por un brazalete viejo para un muerto, de verdad ya perdió la cabeza.
Estela tenía la mira puesta en un collar de diamantes. Si Carolina seguía compitiendo por el brazalete, el precio se dispararía hasta el millón, y entonces ese collar probablemente no lo conseguiría.
La familia Sanabria no tenía el capital suficiente para derrochar así en las subastas.
Pero Carolina no le hacía caso a Estela. Si la habían traído, sí o sí iba a conseguir ese brazalete.
—¡Seiscientos mil, esta señorita sube la puja! ¡Seiscientos mil, primera vez!
—¡Un millón! ¡Este caballero ofrece un millón! ¿Alguien da más? ¡Un millón, primera vez!
Estela detuvo la mano de Carolina cuando estaba por levantar la paleta.
—Carito, tu papá no nos dio tanto crédito. Un millón es demasiado, mejor lo dejamos para la próxima, ¿sí?
De pronto, en la primera fila, un hombre levantó la paleta con calma.
—¡Cinco millones! —anunció el subastador, casi sin aliento—. ¡El señor Loza ofrece cinco millones!
Era Mauro.
Tal como Carolina temía, cuando él entró en la puja, nadie más se atrevió a subir la oferta.
Cinco millones, una locura. Carolina entendió en ese momento que ese brazalete ya no era para ella.
—¡Cinco millones, tercera y última! ¡Vendido!
—¡Felicidades, señor Loza! ¡El lote es suyo!
...
A un lado, Carolina tomó la botella de agua sellada y bebió un sorbo, sintiendo una molestia difícil de explicar.
Mauro le había dicho que podía pedirle cualquier cosa.
¿Debía usar ese favor en el brazalete?
Sin que Carolina lo notara, Estela la observó beber el agua, luego sonrió y deslizó el dedo por su celular, enviando un mensaje al otro lado del salón.
[Ya está hecho. En cinco minutos bájate y llévatela.]
Carolina sintió la boca seca después de beber. Se colocó el cubrebocas de nuevo.
—Regreso al hotel —anunció, levantándose y caminando hacia la puerta principal.
Apenas salió del salón y dobló rumbo al baño para lavarse la cara y despejarse, las piernas le fallaron de repente.
—Soy yo, Mauro. Abre, te saco de aquí —dijo su voz, baja pero firme.
Carolina bajó la guardia. La navaja cayó al suelo con un tintineo.
Giró la perilla y, con el rostro enrojecido, vio a Mauro frente a ella.
—Mauro... eres tú. Viniste.
A Mauro se le apretó el pecho al verla tan vulnerable.
—¿Qué tienes? ¿Te sientes mal?
Él le tocó la frente con los dedos, notando la piel sudorosa.
—¿Tienes fiebre?
Carolina negó con la cabeza, respirando agitadamente.
—Al hospital, Mauro... creo que me pusieron algo en el agua.
Mauro no lo pensó dos veces. Sus ojos destilaban un hielo peligroso.
La cargó en brazos, protegiéndola.
—Tranquila, ya estás conmigo. Yo te llevo al hospital.
¿Cuántas veces más pasaría esto? ¿Por qué siempre aparecía él justo cuando más lo necesitaba?

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