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El Tío que Robó Mi Corazón romance Capítulo 92

Carolina comenzó a sentir que la cabeza le daba vueltas. Todo a su alrededor se desdibujaba y, aunque no lograba entender qué pasaba, solo sentía que el calor la consumía. Una incomodidad extraña le recorría el cuerpo, haciéndola querer arrancarse la ropa o buscar algo que la refrescara.

Unas manos tibias y firmes envolvieron las suyas, atrapándolas por completo. La calidez de esas palmas se sentía extrañamente reconfortante y, a la vez, desesperante. Carolina intentó zafarse.

—Carolina.

—Mmm... —frunció el ceño, fastidiada—. Suéltame... ¡Está haciendo calor!

La voz del hombre que la sostenía llegó a sus oídos, grave y rasposa, acariciando cada sílaba como si fuera un suspiro cálido.

—Tranquila, en un ratito ya no sentirás calor. Pórtate bien, vamos al hospital. Cuando lleguemos, ya no te vas a sentir así.

Carolina intentó levantarse, tambaleándose. Su cara quedó a muy poca distancia de la de Mauro, tan cerca que apenas cabía una hoja entre ambos.

—¿Tío?

La nuez del hombre se movió apenas al tragar saliva.

—Pórtate bien, dime hermano.

—No quiero... —resopló, con voz aniñada—. No quiero decirte así.

Mauro la sostuvo por los hombros, cuidando que no se desplomara.

—¿Por qué no, Carito? ¿Por qué no quieres llamarme hermano?

Ella lo miró con los ojos nublados, señalando su nariz con el dedo, como si estuviera contando un secreto.

—Porque te aprovechas de mí... —musitó, con voz entrecortada—. Odio a los que dicen que son hermanos y luego se la pasan coqueteando. ¡No me gusta esa relación rara entre hermano y hermana!

Mauro se quedó callado, tragándose las palabras. Solo pudo carraspear, resignado.

—Bueno, está bien. No lo digas.

Carolina se retorció entre sus brazos, pero la mano de Mauro seguía firme, sujetándola con fuerza para que no se cayera.

De pronto, ella frunció la boca, y todas las lágrimas que llevaba aguantando se desbordaron sin control.

—Perdóname, abuelita... No conseguí el brazalete...

El llanto que intentaba ahogar salía entrecortado, su voz hecha un nudo, casi imposible de entender.

—Abuelita... tú no vas a enojarte conmigo, ¿verdad, Carito?

Mauro le limpió las lágrimas de la cara con la palma. Sin que Carolina se diera cuenta, sacó de su bolsillo un brazalete reluciente y transparente, y lo colocó suavemente en su muñeca.

—Ya no llores, conejita. Aquí tienes, esto lo conseguí para ti.

—¡Mauro, otra vez tú!

Notó que Mauro traía a alguien en brazos. Al bajar la mirada, reconoció enseguida a la hija de la familia Sanabria.

—Menos palabras, está drogada. Llama a una doctora, ¡ya!

Joel lo miró unos segundos, sin ocultar el fastidio.

—¿Y para qué la traes al hospital, si tú eres el antídoto? —se burló—. Solo te gusta armarla de emoción.

Mauro clavó una mirada tan cortante que cualquier otro habría salido corriendo.

—¿Crees que soy un monstruo o qué, Joel?

Entre ellos solían bromear, pero Joel sabía que enfadar de verdad a Mauro era buscarse problemas.

Joel se tocó la nariz, incómodo.

—Era broma, ya cálmate.

—Si no me da risa, no es broma —soltó Mauro, cortante.

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