Mauro la miró fijo, levantando apenas una ceja.
—¿Me lo preguntas a mí?
Parecía que una sonrisa apenas perceptible se dibujó en su rostro, pero enseguida recuperó su expresión tranquila, como si nada pudiera moverlo.
—No tengo novia.
—¿Esa pregunta tiene que ver con la condición que piensas ponerme ahora?
Carolina apretaba con fuerza la sábana, haciendo que se formaran pliegues bajo sus manos. Guardó silencio un buen rato antes de atreverse a hablar en voz baja:
—Sí, está un poco relacionado.
El hombre la observaba sin prisa, sin meterle presión. Incluso su voz sonó más suave:
—Dilo, no hay problema. Lo que sea que me pidas, lo voy a aceptar. Eso te lo prometí.
Carolina sintió, o al menos creyó sentir, que había algo de aliento en esas palabras. Como si él quisiera darle valor.
Se atrevió a sostener la mirada de Mauro, tragó saliva y preguntó con voz temblorosa:
—Bueno... quería saber si te hace falta una novia.
Bajó aún más la voz, casi susurrando:
—Yo... en este momento necesito un novio de mentiras para que mi familia deje de molestarme. ¿Te molestaría fingir ser mi novio por tres meses?
Carolina ya no era una niña ingenua. En las últimas semanas, Mauro había estado tan pendiente de ella que superaba con creces lo que un tío haría por una sobrina. Además, ella solo era la prometida de su sobrino.
Tanto Alexis como Marisol siempre le habían dejado claro que debía mantenerse alejada de Mauro. Pero... ¿y si él en verdad tenía interés? Carolina estaba dispuesta a arriesgarlo todo.
Los ojos oscuros de Mauro tenían el mismo silencio que precede una tormenta en altamar.
—No necesito una novia, pero sí me hace falta una Sra. Loza.
Sus labios se curvaron apenas:
—¿Quieres ser mi Sra. Loza?
En ese instante, la mente de Carolina se desmoronó en mil pedazos. ¿Acaso entendía él lo que estaba diciendo?
—No te preocupes. Estás en luto, no tienes que responder de inmediato. Además, cuando seas mi Sra. Loza, nadie volverá a molestarte con esos asuntos.
—Si te conviertes en mi Sra. Loza, puedes usar mi apellido para poner en su lugar a quien te dé la gana.
—¿Te animas?
Carolina sintió como si el tiempo se detuviera. Se quedó inmóvil, sin saber cómo reaccionar.
Mauro soltó una risa baja.
—¿Qué pasó? ¿Te asusté?
Ella negó con fuerza.
—No, solo que... no me lo esperaba.
¿Quién no se quedaría en shock ante semejante propuesta?
La verdad, Carolina sí quería aprovecharse de la influencia de Mauro. Tres meses eran tiempo suficiente para poner en su sitio a quienes la fastidiaban. Pero jamás se imaginó que él le propondría matrimonio.
Cuando Carolina terminó el suero en el hospital, no permitió que Mauro la acompañara de vuelta.
Al ver su insistencia, él la dejó hacer.
Sabía que una decisión tan grande como el matrimonio merecía su tiempo de reflexión.
Carolina se despidió y tomó un taxi directo a la subasta.
Para cuando llegó, ya todo había terminado.
Mostró su credencial de abogada y fue directo a la sala de seguridad, solicitando ver las cámaras del pasillo en el momento del incidente.
Por suerte, todo salió bien. Con las grabaciones y el reporte médico del hospital en mano, se dirigió a la comisaría.
Carolina nunca se dejaba pisotear.
Cuando obtuvo el acuse de recibo, se fue satisfecha a su departamento.
Solo entonces notó el brazalete en su muñeca.
¿No era aquel que había querido comprarle a su abuela en la subasta?
Pero Mauro lo había adquirido antes.
¿Y ahora lo llevaba ella?
¿Por qué?
Todo lo que Mauro hacía últimamente era demasiado perfecto...

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