Valeria se quedó sin palabras.
Su rostro estaba completamente rojo; hasta las orejas le ardían de vergüenza.
La voz del Bebé apareció en el momento perfecto, con cierto tono de burla: —¡Mami, mi papá te está molestando! En el fondo sí te creyó, ¡solo quiere ver cómo te mueres de pena!
Valeria: ...
¿Podrías callarte de una vez?
—Esa marca... —trató de sonar lo más calmada posible— la vi por accidente.
—¿Por accidente?
—Sí... fue durante... ese momento...
No pudo continuar.
Luciano miró el rojo intenso de sus orejas y algo fugaz cruzó por sus ojos.
Retiró la mirada, se recostó en el asiento y volvió al tono indiferente de antes.
—Y entonces, ¿qué piensas hacer?
Valeria se quedó en blanco por un segundo: —¿Sobre qué?
—El bebé —respondió—. ¿Qué planeas hacer?
La mano de Valeria protegió su vientre por instinto.
¿Qué iba a hacer?
A decir verdad, todavía no lo había decidido.
Hasta hoy, siempre creyó que el bebé era de Sebastián; y aunque fue una sorpresa, como iban a casarse, pensó en tenerlo.
Pero ahora...
—Lo voy a tener —dijo, con voz baja pero muy firme.
Luciano enarcó una ceja.
—Este es su hijo —dijo Valeria, mirándolo a los ojos—, pero no necesito que se haga cargo. Hoy le pedí ayuda porque no me quedaba de otra. Cuando se calme el escándalo, no lo volveré a molestar.
Luciano la observó con una mirada profunda e indescifrable.
El interior del auto quedó en silencio por unos segundos.
Finalmente, él habló: —¿Tienes idea de la cantidad de mujeres que mueren por meterse en mi cama y quedar embarazadas para entrar en la familia Domínguez?
Valeria asintió con sinceridad: —Lo sé.
—No me importa cómo te enteraste de mi marca de nacimiento, ni sé si lo que estás diciendo ahora es verdad o no, pero aprovecharse de los Domínguez no es nada sencillo, más te vale estar preparada psicológicamente —le advirtió Luciano con frialdad.
Cuando naciera el bebé, si de verdad era él, la dejaría convertirse en su esposa; pero si no lo era, le cobraría cada detalle, empezando por haberla salvado el día de hoy.

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