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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 400

NICK HARRIS

Decir que la boda de Andy y Damián fue hermosa era quedarse corto. Fue emotiva en más de un sentido. Damián fue acompañado por su hermana Camille hasta el altar, aunque ella aún dependía parcialmente de un bastón, en verdad era un ejemplo de perseverancia, sin hablar del compromiso que Lucien había tenido hacia ella, siendo su ángel guardián, cumpliendo con cada rehabilitación, dejando a un lado su vida como mafioso para convertirse en padre, enfermero y esposo.

Ahí estaban los frutos de su esfuerzo.

Antes de que la hermosa novia nos deleitara a todos con su presencia, el pequeño Esteban Ashford, iba orgulloso con su canasta de pétalos de rosas, arrojándolos con gracia por el pasillo, para su mala suerte no iba solo, Ángel Blackwell lo ayudaba, pero… hubo un punto en medio del camino que los viejos rencores salieron a flote y una pelea con flores se dio lugar, obligando a que cada respectivo papá se hiciera cargo de su pequeño monstruo.

Parecía que la rivalidad entre ambos hombres también crecía entre sus hijos. Tal vez con el tiempo los pequeños aprendieran a llevarse tan bien como los adultos.

Andy apareció del brazo de su padre, luciendo un hermoso vestido blanco que la hacía ver espectacular. Damián la vio como si fuera la criatura más hermosa y especial de su vida y Andy estaba cautiva de esos ojos negros que por tanto tiempo fueron su tortura y su delirio.

Ahí estaba ese pacto de amor silencioso que siempre tuvieron, incluso cuando se odiaban.

Los mellizos, motivo de su unión, ya eran unos jovencitos encantadores. Victoria comenzaba a mostrar la belleza de su madre, así como León se parecía cada vez más a su padre. La pequeña Gabriela se mantenía agarrada de su hermano Esteban, aferrándose a su mano como si fuera su punto de equilibrio, viendo la unión de sus padres con ilusión.

Mientras la ceremonia se llevaba a cabo, Molly y Alexei estaban en primera fila, con sus mellizos sobre el regazo. Lucien con el pequeño Ángel sentado a su lado y Camille con ambas manos sobre su vientre, aunque no se notara aún, todos sabíamos que ahí estaba creciendo la pequeña niña de ojos y cabello negros que tanto habían ansiado. Tanto que ya tenían escogido el nombre: Anna.

Mi querido amigo Shawn con su hija, Luisa, intentando esconderse debajo de su saco, mientras que Rachel se aferraba al brazo de su ahora esposo. Carter, ese perro de ojos bicolor, tratando de mantener quieto al conejito, sin saber que solo era necesaria una mirada feroz de la señora coneja para que obedeciera. Esa ferocidad latina relumbraba en los ojos de Rocío.

Cada uno de ellos había logrado formar su familia, encontrar su lugar y a la mujer que le diera sentido a su vida.

Después de intercambiar votos, Damián y Andy sellaron su amor con un beso profundo que elevó la emoción en el público, mientras que yo me mantenía a distancia. Me daba gusto verlos felices y completos, pero al mismo tiempo les tenía celos, porque pese al paso del tiempo, no había manera de que dejara de pensar en Gina. Me dolía cada noche, me dolía cada mañana. Su recuerdo llegaba a mi mente en cada oportunidad. Estaba condenado a extrañarla hasta que mi vida terminara. Ya había hecho las paces con eso.

No adelantaba mi muerte, porque sabía que ella lo consideraría como un acto de cobardía, pero cada día era más difícil seguir así. Sosteniendo su collar en mi mano, decidí alejarme un poco, necesitaba algo de soledad para poder lidiar con esa felicidad que nunca podría alcanzar.

Vagué un poco por el amplio jardín del auditor, donde se había decidido hacer la ceremonia y la recepción. Algo íntimo, solo los más cercanos.

—Te extraño —dije en cuanto llegué a los límites de la propiedad, viendo el collar de Gina con atención—. Me haces tanta falta. No me dejas de doler. ¿Qué me hiciste que… no hay manera de que pueda seguir adelante sin ti?

—Perdón… —escuché su voz y me quedé sin aliento—. No quise lastimarte así. No pensé que… dolería de esa manera.

Me quedé por un segundo congelado. Mi mirada se paseó por el jardín ante mí. Su voz sonaba tan real que podía sentirla cerca de mí. Entonces giré sobre mis talones y la vi, entre los barrotes, con un pantalón de mezclilla y una playera vieja. No se veía tan elegante ni sensual como siempre.

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