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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 353

—Qué tipo tan raro.

A Paulina le pareció inexplicable que Jaime se diera la vuelta y se fuera así.

Ni siquiera alcanzó a escuchar bien lo que dijo. Ella siguió con lo suyo, preparando su viaje a Río Alicante.

***

A las seis de la mañana, el despertador despertó a Gloria.

Apagó el celular de inmediato, se levantó y se metió al baño a arreglarse.

Apenas iba a la mitad cuando sonó el timbre, una y otra vez, rápido y desesperado.

Terminó de lavarse los dientes; ni la cara se alcanzó a lavar. Corrió a abrir.

—Desayuno.

Virginia traía un platito blanco. Los sándwiches se veían cuidados, antojables; eran hechos por ella.

—Gracias —dijo Gloria, estirando la mano para tomarlo.

Pero antes de tocar el plato, Virginia le apartó la mano.

—Tú sigue con lo tuyo. Yo lo paso. Y de paso me cuentas qué onda con Federico.

Virginia entró directo, con esa voz fuerte que parecía llenar toda la casa.

A Gloria se le hizo un nudo en el estómago y fue tras ella.

En voz baja, dijo:

—Ya me urge irme a trabajar. Luego hablamos.

—¿Qué te urge? Si tú sales hasta las siete. Me levanté temprano a propósito. No te me vas a escapar.

Virginia dejó el desayuno y se sentó en la mesa.

—Tú me dijiste que Federico vino a Río Alicante a ayudar, pero yo no he visto que ayude en nada. Al contrario, te trae en friega en la madrugada. Es un estorbo, un problema, él…

Gloria le hizo señas con los ojos, desesperada.

En la escalera, Federico estaba parado, con la mirada adormilada: claramente lo habían despertado.

Y conforme Virginia soltaba cada frase, su ceño se fruncía más.

—¡Shh!

Gloria reaccionó rápido y le tapó la boca a Virginia.

—Señor Córdoba, ya se despertó.

Gloria intentó verse normal.

Pero la mirada de Federico era demasiado filosa; a ella le dio pena, no supo dónde meterse.

Y esa pena, en los ojos de Federico, se convirtió en “ella está aguantándose a este estorbo”.

Federico se enderezó, se abotonó la camisa una a una y bajó con calma.

—En diez minutos, nos vamos a la oficina.

Gloria asintió.

—Sí.

Se lavó la cara rápido, se cambió, guardó el desayuno y salió.

No habían pasado diez minutos, pero Federico ya estaba esperando junto al carro.

La sucursal le había reservado una oficina a Federico, justo al lado de la de Gloria.

En un alto, Gloria le mandó mensaje a Mirella para que dejara lista la oficina de Federico y le avisara a todos que se pusieran las pilas para recibirlo.

Media hora después, en la entrada del área de la sucursal, Santiago y los demás estaban formados.

Apenas Gloria estacionó, Santiago corrió a abrir la puerta.

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