—Qué amable, señora Mendizábal, de venir hasta acá. Si no le molesta, ¿por qué no cenamos juntas?
Gloria tomó el regalo que le habían traído y soltó unas frases de cortesía.
La señora Mendizábal aceptó encantada.
—Claro. ¿Y Federico también viene?
Las dos voltearon a ver a Federico al mismo tiempo.
Federico apenas se había sentado. Dijo que tenía trabajo que atender; en teoría, no iba a ir.
Eso era lo que Gloria daba por hecho.
La señora Mendizábal lo preguntó por simple educación.
Pero Federico miró su reloj, se quitó los lentes y se puso de pie otra vez.
—Entonces vamos los tres. Y gracias por traérnoslo personalmente, señora Mendizábal.
Tomó el saco que tenía colgado en el respaldo de la silla y se acercó a ellas.
Fue… de la nada.
Que la señora Mendizábal apareciera de repente en la empresa, que cenara con ella, y que Federico también fuera… todavía más inesperado.
Gloria no dijo nada. Caminó hacia la salida y, ya en el elevador, se puso a reservar restaurante.
Todo salió relativamente bien: justo quedaba un privado en un hotel de cinco estrellas.
Al salir del edificio, Federico le extendió la mano a Gloria.
Gloria le pasó de inmediato las llaves del coche.
Federico manejó; Gloria y la señora Mendizábal se fueron atrás.
—Ustedes, por ser jóvenes, seguro piensan parecido y tienen muchos temas en común. Así da gusto convivir.
La señora Mendizábal había notado que en la oficina Federico no dijo ni una palabra y aun así Gloria supo que él quería las llaves. Le pareció que tenían mucha coordinación.
Gloria sonrió apenas.
—Con el tiempo, uno va entendiendo cómo es el otro.
—¿Y ustedes no…? —La señora Mendizábal se quedó a la mitad y de pronto recordó—. Ay, mira nada más mi memoria… Federico ya se va a casar, ¿verdad?
Federico respondió con un simple:
—Ajá.
La señora Mendizábal se apresuró a componerla:
La señora Mendizábal era demasiado efusiva; hasta Federico le contestaba por educación.
Así que Gloria solo dijo:
—Estoy muy ocupada con el trabajo. Ahorita no pienso en eso.
—¿No te gustaría tener un hogar? —En la mirada amable de la señora Mendizábal había un dejo de lástima—. Si no tienes a tus papás… si te casas y tienes hijos temprano, ya tienes familia.
Gloria sí lo había pensado.
Por eso, aun sabiendo que entre ella y Federico había una diferencia enorme y que casarse con él traería problemas, se casó.
Además del amor… ella quería desesperadamente un hogar.
Y por eso ahora también había decidido tener a ese bebé.
A partir de entonces, en este mundo ya no estaría completamente sola.
—Bueno… —La señora Mendizábal le tomó la mano de pronto y se la palmeó un par de veces—. Mira nada más qué bien estás ahora. Seguro ya ni quieres pensar en tus papás. No le des vueltas: mientras tú estés bien, con eso.
La mano seca, tibia, le cubrió el dorso a Gloria.
Gloria, por reflejo, quiso retirar la mano; pero al alzar la vista se topó con los ojos de la señora Mendizábal, enrojecidos.
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