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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 384

La puerta cerrada le cortó la vista a Federico y él apartó la mirada.

—Fede, te traje comida. La hice yo —dijo Irene, cargando un termo de comida.

Lo puso sobre el escritorio y empezó a destaparlo.

Federico no cambió el gesto.

—¿Cuándo te regresas a Belgrano Norte?

A Irene se le frenaron las manos un segundo, pero enseguida siguió.

—¿Y tú cuándo te regresas?

—En cuanto te hagan los estudios, me voy.

Federico se recargó hacia atrás en la silla, con una postura floja, como si todo le diera igual.

Irene se mordió el labio. Los ojos todavía se le veían rojos de haber llorado, y en ese instante se le humedecieron otra vez.

—Fede, vine a verte… no es que esté evadiendo los estudios. Es que lo tengo que esconder de mi mamá y no he encontrado cómo.

Federico guardó silencio.

—Comamos juntos —insistió Irene—. Dicen que Raúl Esquivel también anda en Río Alicante. ¿Lo invitamos?

Federico alzó la mirada, directo a ella.

—¿Quién te dijo que Raúl está en Río Alicante?

Federico le había quitado el celular a Raúl; no tenía contacto con nadie.

Si no lo investigabas a propósito, nadie iba a saber que Raúl había ido a Río Alicante.

—Yo… una amiga se lo topó aquí. ¿No que se fue a un hospital infantil a trabajar de doctor?

Irene se veía insegura, buscando tema.

—¿No era ginecólogo? ¿Cómo que ahora anda en pediatría?

—No sé —respondió Federico, seco.

—Entonces, cuando comamos, le preguntamos —dijo Irene, con cuidado.

Pasó un buen rato antes de que Federico asintiera.

Pero el ambiente entre ellas estaba tan raro que nadie se animaba a acercarse. Incluso hubo quien mejor se fue por las escaleras.

—Y si te crees de verdad que Fede te trata “bien”, das más lástima todavía. No te hagas ilusiones. No pienses que eres especial, que se vino hasta acá para “respaldarte”… todo eso es puro cuento.

Irene ya hablaba sin filtro.

Mientras más decía, más se le pegaba a Gloria, mirándola fijo.

Gloria frunció apenas el ceño y volvió a hacerse a un lado.

Que Gloria se le alejara otra vez le duplicó el enojo a Irene.

—Te estoy aconsejando por tu bien. ¿Y esa actitud?

—Gracias por el consejo, señorita Orozco —respondió Gloria, firme—, pero si tiene tiempo para aconsejarme, mejor pregúntese por qué siempre hace enojar al señor Córdoba. Si no lo hiciera enojar, no estarían pasando tantas cosas.

Le sostuvo la mirada y remató:

—Lograr que el señor Córdoba se vaya tan lejos y ponga el trabajo en segundo plano solo para llevarle la contraria… la verdad, señorita Orozco, sí tiene talento para sacar de quicio a la gente. Usted dice que yo doy lástima, pero yo más bien creo que esa actitud de creerse intocable… es la que da lástima.

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