—¿Qué puesto quieres?
Federico le devolvió la pregunta.
Santiago se acomodó en la silla.
—Pues… lo más alto que se pueda. Este proyecto es el primero grande de la sucursal. De esto depende que la sucursal pueda ponerse a la cabeza en Río Alicante.
En otras palabras: era un proyecto clave.
Y si Federico iba a promoverlo, tendría que ser con un puesto de verdad.
Por ejemplo, gerente general de la sucursal.
Santiago lo estaba diciendo entre líneas, pero Federico y Gloria lo cacharon de inmediato.
—Cuando llegue el momento, el puesto en la sucursal lo escoges tú —dijo Federico, así de fácil.
Gloria parpadeó, apenas, sin perder la calma. La luz tenue de la laptop le daba de lleno en la cara.
Sus ojos, negros y claros a la vez, se veían aún más profundos bajo esa sombra.
—Señor Córdoba… ¿lo dice en serio?
Santiago sí tenía tantita conciencia, como había dicho Gloria.
Él era gente del señor Muñoz. Federico no iba a confiarle un ascenso importante así nomás.
Que le hubiera dado el proyecto más importante ya era rarísimo.
—Con una condición: que me seas leal —dijo Federico.
Con la yema de los dedos, tamborileó suave sobre el escritorio.
—Tú tendrás parentesco con el señor Muñoz, pero al final todos se mueven por interés. Con él solo estás trabajando para que su hijo se lleve el crédito. Ahí nunca vas a despegar. Mejor vente conmigo: lo que él te dé, yo te lo doy… y encima te llevas el mérito y el nombre.
El hijo del señor Muñoz no daba el ancho.
Santiago era egresado de una universidad top y tenía capacidad.
Todo lo que lograra, el señor Muñoz se lo iba a endosar a Joaquín Muñoz para apuntalarlo.
Puede que con Federico el puesto no fuera muchísimo más alto que lo que le ofrecería Muñoz.
Pero al menos el reconocimiento sería suyo.
Federico apostaba a que Santiago quería eso: el mérito.
Santiago, al ver lo claro que Federico tenía todo, se puso más a la defensiva.
—¿Y si yo dijera que quiero el puesto de la señora Loyola?
Lo estaba tanteando.
—Va —soltó Federico, sin dudar—. Si esto sale bien, la sucursal la manejas tú.
A Santiago se le alegró el alma… pero la alegría venía mezclada con desconfianza.
—Señor Córdoba, entonces lo hablamos cuando termine el proyecto.
—Yo sigo todas sus indicaciones, señor Córdoba.
¿De qué le servía tener miedo?
Federico la sostuvo con la mirada, intensa.
Ella le devolvió la mirada, sin dramatismos.
Justo cuando sus ojos se encontraron—
La puerta de la oficina se abrió desde afuera.
—Fede.
Irene entró con un vestido lila claro y el cabello largo sujeto con un broche de mariposa.
Venía en tacones, feliz, como si nada.
Pero al ver a Gloria, la sonrisa se le bajó de golpe.
Tal vez ya se habían peleado y reconciliado otra vez; esa sonrisa que traía al entrar era tan brillante que a Gloria hasta le pareció molesta.
—No quiero interrumpir a usted y a la señorita Orozco. Me voy a seguir trabajando —dijo Gloria, dándose la vuelta.
Irene pasó rozándole el hombro: una se iba, la otra corría hacia Federico.
La puerta se cerró.
***

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