Doña Valentina se quedó callada unos segundos antes de preguntar:
—¿Y entonces a dónde se va a ir?
—Todavía ni le apruebo la renuncia. Con su situación, ¿a dónde crees que se pueda ir?
Buscar trabajo estando embarazada era, de plano, imposible.
—¿Y tú por qué no se la apruebas? —Doña Valentina dio en el clavo—. Mijo, por más que te duela, con ella ya no hay nada qué hacer. No te me vayas a aferrar.
Federico se quedó sin palabras.
«¿Yo soy de esos?»
Él no era de los que regresaban con el pasado. Gloria sí era “especial”, pero solo en el sentido de que era muy buena en el trabajo.
Lo que a Federico le preocupaba era otra cosa: si Gloria se iba, la sucursal se quedaba sin cabeza y Muñoz podía aprovecharse.
—Mañana mismo le apruebas la renuncia y le das dos millones de pesos de compensación —ordenó Doña Valentina.
—Ella es la que se quiere ir. Yo no la estoy corriendo. La empresa no tiene por qué pagarle compensación —le recordó Federico.
—Cuando se divorciaron también debiste darle algo. ¿Y qué hiciste? Nada —reviró Doña Valentina.
—Ella no quiso.
—¿Y porque no quiso tú ya te lavas las manos? Al final sigue siendo cosa tuya. Ya, no me discutas. En la familia Córdoba no nos falta el dinero. Que a ella le vaya mejor… eso a mí me deja tranquila.
Si no estuvieran tan lejos, Doña Valentina ya habría ido a ver a Gloria.
—Yo creo que sí puede renunciar, así que esa lana nos la podemos ahorrar. Ya es tarde, descanse. Yo tengo cosas que hacer, luego hablamos.
Federico colgó y dejó el celular sobre la mesa.
Se quedó ahí, serio, un par de segundos.
El celular volvió a sonar varias veces. Eran mensajes de Doña Valentina.
[Nieto, aunque sea un día de casados, hay un cariño. No seas malagradecido.]
[En esos dos años, Gloria no te hizo nada.]
[Ayúdame y cuídala—]
Y así, uno tras otro, como si no fuera a parar hasta que él cediera.
Federico respondió con un simple: [Está bien.]
Virginia guardó el labial, salió del vestidor y tomó su bolsa.
La empleada —todavía con cara de sueño— llevó dos desayunos empacados. Gloria los recibió.
—Gracias.
—Ay, no es nada —dijo la mujer sonriendo—. A mí me preocupa que la pancita se te vea tan chiquita. Ya en el hospital platica bien con el doctor, a ver si hay que reforzar la alimentación. Se te antoja algo, tú dime y yo se los preparo.
Virginia la abrazó.
—De verdad eres una joya. No solo cuidas al bebé, también nos traes bien comidas a las dos. El próximo mes te subo el sueldo.
Últimamente le estaba yendo muy bien con sus transmisiones.
Tras platicar un poco, Gloria y Virginia salieron.
—¿No se nos hizo tarde? —Gloria checó la hora—. Vamos como quince minutos tarde.
—No pasa nada. Raúl nos está esperando —dijo Virginia, tranquila, encendiendo el carro.
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