El nombre era solo una “L”, y la foto de perfil era la de un recién nacido.
Los bordes estaban amarillentos; era blanco y negro, no parecía una foto reciente.
—Es mi hija —dijo Yolanda al notar que Gloria se quedaba viendo la imagen—. Murió al nacer.
La mirada de Gloria tembló. Apagó el celular.
—Lo siento mucho… de verdad.
—No pasa nada. Ya lo superé —Yolanda abrió el Instagram de Gloria: estaba vacío—. ¿Los jóvenes no son los que más publican en Instagram?
—Con el trabajo, no me daba tiempo. Y luego se me quitó la costumbre.
El Instagram de Gloria estaba limpio. La publicación más reciente era la de Virginia cuando tuvo a su bebé y ella bromeó con que “subió de nivel” a madrina… solo que esa publicación estaba configurada para que únicamente Federico pudiera verla.
—Tu amiga… debe ser igual de buena que tú —dijo Yolanda, dejando el celular a un lado.
Eso dejó a Gloria un poco desconcertada.
Yolanda lo aclaró:
—Me refiero a que solo alguien realmente bueno puede ser amigo de alguien tan bueno como tú.
—Ella sí es muy buena. Más que yo —respondió Gloria.
Ella y Virginia se complementaban: Gloria no tenía esa soltura directa de Virginia, y Virginia no tenía la calma madura de Gloria.
A veces, Gloria deseaba ser más como ella.
—Qué bueno —murmuró Yolanda.
Gloria no supo si no lo escuchó bien o si sí lo oyó, pero simplemente no le encontró sentido. Prefirió pensar que había entendido mal.
Del otro lado de la mesa, Federico apartó la mirada de Gloria.
—Señor Córdoba, usted sabe por qué lo busqué —dijo José con el rostro serio—. Quiero que me ayude. Pida lo que quiera.
Federico bajó la mirada, impenetrable.
—Lo que quiero es simple: averigüe qué piensan hacer Lucas y su esposa con Gloria.
—¿Cómo? —José frunció el ceño—. ¿Usted me buscó… no por trabajo, sino por su secretaria?
Ya se le notaba el peso del embarazo; el vientre redondeado.
Pero de espaldas aún se le veía la cintura fina, y las caderas más llenas.
Se veía más suave… de una forma que él nunca le había conocido.
—Al final, trabajó conmigo. Si puedo ayudar, ayudo.
—Pero ella tiene a Jaime Granados —insinuó José—. No necesita que usted se meta.
Federico pensó en algo y soltó una risa corta, cargada de burla.
—Entonces digamos que me estoy metiendo donde no me llaman.
A José se le movió la cara, pero enseguida sonrió.
—Fue error mío, no debí preguntarle tanto. No se lo tome a mal, señor Córdoba. Le aseguro que voy a averiguar lo que usted quiere saber.
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